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miércoles, 26 de abril de 2017

SIN PERDÓN

(Unforgiven - 1992)

Director: Clint Eastwood
Guión: David Webb Peoples

Intérpretes:
- Clint Eastwood: William Munny
- Gene Hackman: Little Bill Daggett
- Morgan Freeman: Ned Logan
- Richard Harris: English Bob
- Jaimz Woolvett: Schofield Kid
- Saul Rubinek: WW Beauchamp

Fotografía: Jack N. Green
Música: Lennie Niehaus, Clint Eastwood
Productora: Warner Bros Pictures / Malpaso Company (Estados Unidos)

Por Xavi J. Prunera. Nota: 9

William Munny: “¿Quién es el dueño de esta pocilga?”



SINOPSIS: La brutal mutilación de una prostituta en Big Whiskey (Wyoming) no es razón suficiente para que su sheriff, Little Bill Daggett, castigue a sus dos autores. Indignadas ante tal infamia, las compañeras de la prostituta agredida reunirán algo de dinero para contratar a alguien que les haga justicia. Schofield Kid, un joven fanfarrón que busca emular las gestas del retirado cazarrecompensas William Munny (ahora criador de cerdos) contacta con éste y lo convence para asociarse con él y encargarse del trabajo. Munny contacta a su vez con Ned Logan, su antiguo socio, para que les ayude a él y al chico, pero al final tanto Logan como Schofield deciden retirarse. Aún así, Little Bill detiene a Ned y lo mata. La venganza de Munny no tardará en llegar.

Lo tengo decidido. Aunque aún me queda mucho western clásico por ver y nunca he sido, la verdad sea dicha, muy de repetir pelis que ya he visto una o dos veces, me he propuesto —a partir de ahora— volver a disfrutar, de vez en cuando, de esos western que, en un momento dado, marcaron de alguna manera u otra mi trayectoria cinéfila.

Empecé ayer mismo con “Sin perdón”, un western que pese a su carácter elegíaco y crepuscular constata al mismo tiempo que este grandioso género no murió con Peckinpah y Leone y que Eastwood (tras “Infierno de cobardes”, “El fuera de la ley” y “El jinete pálido”) merecía —sin lugar a dudas— que su nombre como cineasta pasara, tarde o temprano, a formar parte de la historia de forma total y absolutamente incuestionable.


Más allá de su propia trascendencia histórica y artística, sin embargo, lo que realmente ha conseguido este nuevo visionado de “Sin perdón” es volver a fascinarme. Tanto o más que la primera vez. Y lo ha conseguido porque la peli de Eastwood reúne, bajo mi punto de vista, todo cuanto debe atesorar cualquier obra cinematográfica que se precie. Me estoy refiriendo, concretamente, a cuatro elementos básicos: una buena historia, personajes memorables, secuencias para el recuerdo y emoción. Cuatro elementos básicos de los que “Sin perdón” anda bien provista y que la convierten, indudablemente, en una auténtica obra maestra del western contemporáneo.



Permitidme, pues, que vaya deshojando esos cuatro elementos, uno por uno, porque considero que vale mucho la pena incidir en cada uno de ellos por separado. Y quiero empezar con la historia que nos cuenta “Sin perdón”, con su guión, porque estoy convencido que esa es la gran piedra angular de la película de Eastwood. Una peli con un principio y un final soberbios y que discurre, toda ella, con un ritmo y una tensión absolutamente magistrales. Precisamente por ello me gustaría destacar el gran trabajo de David Webb Peoples escribiendo la historia de un expistolero a sueldo contratado para matar a dos vaqueros que le cortaron la cara a una prostituta. Una historia tan sencilla como cargada de matices que se apoya, como no, en una serie de personajes (tanto principales como secundarios) verdaderamente extraordinarios. Empezando por el mismísimo Will Munny (un veterano y, a priori, redimido asesino profesional que deberá abordar un último trabajo para solucionar sus necesidades económicas), pasando por Ned Logan (exsocio y fiel amigo de Munny), por Bob “el inglés” (un cazarrecompensas que acude a Big Whiskey con el mismo objetivo que Munny), por Schofield Kid (un joven pistolero, bastante cegato, tentado por la recompensa de las prostitutas) y acabando, naturalmente, por Little Bill Daggett (un sádico e implacable sheriff sin escrúpulos que impone la ley, su ley, en Big Whiskey).


Pero si por algo más “Sin perdón” me parece una peli incuestionablemente redonda es, sin lugar a dudas, por esas secuencias que quedan marcadas a fuego en nuestras retinas. Secuencias como la que nos muestra a un Will Munny manchado de purines hasta las cejas o cayendo al suelo en un vano intento de montar a un caballo poco acostumbrado a llevar un jinete encima. Secuencias tan realistas y desmitificadoras —por cierto— como la de la emboscada, en la que se nos certifica la indiscutible redención de Ned (incapaz de dispararle al vaquero herido) y en la que se demuestra, también, que disparar y acertar a cierta distancia no es tan fácil como siempre nos han hecho creer.

Aún así, mis secuencias favoritas de “Sin perdón” son las que se encuentran al final de la peli. Y es que cada vez que veo a Clint entrar en los billares de Big Whiskey —de noche y en plena tormenta— y le escucho decir (con la voz de Constantino Romero) “¿Quién es el dueño de esta pocilga?” no puedo evitar tragar saliva, clavar las uñas en el sofá y esperar acontecimientos. Lo que ocurre a continuación no voy a desvelarlo, claro, pero sí me gustaría apuntar que contiene lo que todo amante del western espera encontrar en una peli de este calibre: dramatismo, épica, tensión y, sobre todo, emoción. Casi tanta como la que desprende por los cuatro costados ese plano final de auténtica postal fordiana aliñado, por si fuera poco, con una delicada y estremecedora melodía (compuesta por el propio Eastwood) capaz de poner los pelos como escarpias al mismísimo diablo. Brutal.



miércoles, 25 de enero de 2017

INFIERNO DE COBARDES

(High Plains Drifter - 1972)

Director: Clint Eastwood
Guion: Ernest Tidyman

Intérpretes:
- Clint Eastwood: El extranjero 
- Verna Bloom: Sarah Belding 
- Marianna Hill: Callie Travers 
- Mitchell Ryan: Dave Drake
- Stefan Gierasch: Jason Hobart
- Jack Ging: Morgan Allen
- Geoffrey Lewis: Stacey Bridges 
- Anthony James: Cole Carlin 
- Dan Davis: Dan Carlin 
- Billy Curtis: Mordecai 
- Ted Hartley: Lewis Belding

Música: Dee Barton

Productora: Malpaso Company
País: Estados Unidos

Por: Xavi J. PruneraNota: 8

Sarah Belding a El extranjero: "Dicen que un muerto no descansa si en su tumba no está escrito su nombre"

SINOPSIS: Un misterioso jinete llega, en 1870, a la ciudad fronteriza de Lago. Tras matar a tres malhechores que le increpan sin apenas despeinarse, Dave Drake y Morgan Allen (propietarios de la compañía minera de Lago) contratan al forastero para que proteja la ciudad ante la inminente llegada de tres pistoleros que acaban de salir de la cárcel y que pretenden vengarse de quienes los encarcelaron. El extranjero accede al trato, pero siempre y cuando se haga todo a su modo.


Obviamente, el primer western dirigido por Clint Eastwood no es un trabajo redondo. Ni redondo, ni irreprochable ni excepcional. Aún así “Infierno de cobardes” me parece —sin lugar a dudas— un estupendo esbozo preliminar de lo que serán las posteriores y superiores “El fuera de la ley”, “El jinete pálido” y “Sin perdón”. Y solamente por eso, por ser el primer film de un poker de westerns de tantos quilates, ya merece la pena que lo tengamos en cuenta y que lo valoremos en su justa medida.


Me gustaría destacar, por de pronto, la enorme influencia de Sergio Leone en particular y del Spaghetti Western en general en este primer western dirigido por Eastwood. No solamente por las concomitancias argumentales que podemos constatar sino, sobre todo, por los múltiples paralelismos estilísticos. Me estoy refiriendo —por ejemplo— a ese “extranjero” que tanto nos recuerda al “hombre sin nombre” de la trilogía del dólar, a esa estética feísta tan clara y meridiana o a esa violencia y amoralidad que planea sobre la peli en todo momento.


Naturalmente, también podemos descubrir en “Infierno de cobardes” rasgos y detalles que nos hacen pensar en Don Siegel, la otra gran referencia cinematográfica de Eastwood. Sobre todo en ese humor negro, en ese espíritu perverso y/o morboso y en esa forma de rodar —quizás porque fue, también, un extraordinario montador— tan ágil y directa. Pero no sólo en Siegel y Leone se apoya Eastwood. Básicamente porque Eastwood es de aquellos directores con una mochila cinéfila considerablemente abultada. De aquellos directores que se han empapado de cine clásico a diestro y siniestro. De Ford, Walsh, Hawks, Wellman, Zinneman, Ray, Mann y hasta de Peckinpah. Y eso se nota, obviamente, en su forma de narrar y en todos esos rasgos y detalles que nos remiten a westerns como “Incidente en Ox-Bow”, “Solo ante el peligro”, “Raíces profundas” y tantos otros. Pero lo bueno de Eatwood es que su cine —pese a su innegable clasicismo— tiene, entre otras cosas, sello propio. Algo que podemos constatar si analizamos sus cuatro westerns en conjunto y que empezamos a visualizar, precisamente, en “Infierno de cobardes”. Así pues, dejémonos de prolegómenos y vayamos al grano.


Aparentemente “Infierno de cobardes” es un western más. Con situaciones, elementos y lugares comunes (tiroteos, torturas, duelos, traiciones, venganzas, pistoleros, malhechores, sheriffs, caciques, barmans, mujerzuelas, barberos, enterradores, predicadores y demás) absolutamente característicos del género. Pero si algo hay en este primer western de Eastwood que lo hace único y especial es —sin lugar a dudas— ese espíritu de cuento gótico y fantasmagórico que lo convierte en una verdadera rareza del género. Un espíritu que ya percibimos desde los títulos de crédito iniciales —con esa línea del horizonte que fluctúa y reverbera a consecuencia del calor— y que da paso a la aparición desde la nada de un siniestro y polvoriento jinete que se dirige a un pueblecito que se encuentra situado a orillas de un gran embalse: Lago.


Ese componente fantástico —entre sobrenatural y onírico— es, pues, lo que más me fascina de este western. Me fascina porque no resulta habitual encontrar este tipo de componente en un western normal y corriente. Pero me fascina, sobre todo, porque con ello Eastwood nos obliga a pensar, a indagar, a interrogarnos… ¿Quién es en realidad ese misterioso forastero? ¿Por qué se asusta al oír el chasquido del látigo al entrar en el pueblo? ¿Por qué destila odio por los cuatro costados? ¿Por qué se comporta como un tirano? ¿Qué lo relaciona con las imágenes del flashback? Y aunque —en teoría— la conversación final entre el prota y Mordecai frente a la tumba del Sheriff Duncan debería desvelarnos la respuesta a todas esas preguntas, lo cierto es que Eastwood se muestra deliberadamente ambiguo durante toda la peli. Una ambigüedad que junto a toda una serie de detalles muy bien pensados (me estoy refiriendo a lo de cambiarle el nombre al pueblo, pintarlo de rojo e incendiarlo) convierten el clímax de la peli en un espectáculo absolutamente apocalíptico y dantesco. Casi, casi de película de terror.


“Infierno de cobardes”, sin embargo, no solo es un western con tintes fantásticos o sobrenaturales. “Infierno de cobardes” es, también, un western con una clara y meridiana lectura moral. No en vano los habitantes de Lago son cómplices directos o indirectos de una tremenda injusticia: el vil asesinato del Sheriff Duncan. Y de alguna manera u otra el personaje encarnado por Eastwood —una especie de ángel exterminador— está allí para vengar ese asesinato y hacer justicia. Por eso mismo no se corta un pelo a la hora de maltratar y humillar a todos sus habitantes hasta límites que ni el mismo Spaghetti Western se había atrevido a traspasar. La degradación del sheriff y del alcalde o la violación (medio consentida, eso sí) de Callie Travers por parte de nuestro antihéroe constituyen, en este sentido, buenos ejemplos de esta serie de “castigos ejemplares”.


Lo dicho, pues: “Infierno de cobardes” es —a mi juicio— la célula madre de todos los westerns dirigidos por Eastwood. Una especie de “declaración de intenciones” muy parecida a lo que propuso Leone con “Por un puñado de dólares” que sentaría las bases de un libreto de estilo muy determinado y que iría perfeccionándose con el tiempo hasta cristalizar en una incontestable obra maestra. “Hasta que llegó su hora” en el caso de Leone y “Sin perdón” en el caso de Eastwood.


No me gustaría finalizar esta reseña, empero, sin mencionar la extraordinaria labor de profesionales como Dee Barton (“Escalofrío en la noche”, “Un botín de 500.000 dólares”) por esa música tan tétrica y desasosegante; Ernest Tidyman (“Las noches rojas de Harlem”, “The French Connection”) por esos magníficos diálogos y frases lapidarias; Bruce Surtees (“El último pistolero”, “El jinete pálido”) por esa fotografía tenebrista y opresiva y George Milo (decorador habitual de Hitchcock) por la construcción de ese infernal poblado en el Parque Nacional de Yosemite, California. Añadir, tan sólo, que John Wayne —tras ver la peli— escribió a Eastwood una carta recriminándole haber hecho trizas con esta peli el espíritu del viejo oeste norteamericano. Una carta que quizás truncó, definitivamente, un viejo sueño para muchos aficionados al género: un western protagonizado por ambos. Lástima.

jueves, 21 de julio de 2016

POR UN PUÑADO DE DÓLARES

(Per un pugno di dollari) - 1964

Director: Sergio Leone
Guion: Sergio Leone, Adriano Bolzoni, Víctor Andrés Catena y Jaime Comas Gil

Intérpretes:
Clint Eastwood: Joe
- Gian Maria Volonté: Ramón Rojo
- Sieghardt Rupp: Esteban Rojo
- Antonio Prieto: Benito Rojo
- Marianne Koch: Marisol
- Joseph Egger: Piripero
- Wolfgang Lukschy: John Baxter
- Mario Brega: Chico
- José Calvo: Silvanito


Música: Ennio Morricone

Productora: Metro Goldwyn Mayer
País: Italia, España y Alemania

Por: Xavi J. PruneraNota: 8

Hacéis muy mal en reíros. A mi caballo le molesta la gente que se ríe” (Joe a los hombres de Baxter)

SINOPSIS: Joe es un cínico y lacónico cazarrecompensas que llega un buen dia a San Miguel (un pueblo cercano a la frontera entre Mexico y Estados Unidos) donde dos familias, los Rojo y los Baxter, se disputan su control. Mientras Benito, Esteban y Ramón Rojo se dedican al tráfico de alcohol, el matrimonio Baxter (John y Consuelo) se dedica al tráfico de armas. Joe trabajará para ambos bandos sin que nadie se entere pero cuando se enamora de Marisol, los Rojo descubren sus argucias y lo capturan. Pese a ser duramente torturado, Joe consigue escapar y se refugia en una antigua mina abandonada, donde Piripero (el enterrador) y Silvanito (el cantinero) cuidan de él. Una vez recuperado, Joe decide enfrentarse cara a cara a los Rojo.



Naturalmente, “Por un puñado de dólares” no es el mejor Spaghetti Western jamás rodado. A mi juicio le superan los posteriores “La muerte tenía un precio”, “El bueno, el feo y el malo” y “Hasta que llegó su hora”. Y si mucho me apuráis, alguno más y todo. Aún así, “Por un puñado de dólares” es —sin lugar a dudas— el SW más importante de la historia del subgénero y una película clave en la historia del western en términos generales. En primer lugar, porque fue el primer eurowestern con distribución internacional. Y en segundo, porque también fue el primer eurowestern que sintetizó a la perfección cuáles habrían de ser los postulados básicos de los futuros —y ahora sí— SW. Así pues, permitidme que profundice un poquito más en este film porque creo que merece, y mucho, la pena hacerlo.



Parece ser que Sergio Leone, su director, llegó al eurowestern casi casi por casualidad, cuando las pelis de gladiadores o “de sandalias” (en las que se había iniciado) dejaron de estar de moda en Italia en favor de los western de producción europea. Su primer proyecto, pues, iba a ser una peli de bajo presupuesto rodada entre Madrid y Almería que prácticamente calcaba, plano por plano, el “Yojimbo” de Kurosawa y que no parecía predestinada, precisamente, a pasar a la historia.



La falta de presupuesto y de pretensiones provocaron, además, que actores como James Coburn o Charles Bronson rechazaran el papel protagonista. Un papel que finalmente recayó en un joven y semidesconocido Clint Eastwood. Y aunque a Leone —de entrada— no le convencía demasiado (le parecía blando y desgarbado), también vio en el americano una inmejorable “máscara” para poder plasmar el personaje que tenía en mente. Un hombre sin nombre, sin pasado, sin futuro. Un antihéroe cínico, lacónico y amoral. Y ahí radicó gran parte del éxito de su propuesta. En su protagonista. Con su barba sin afeitar, su sempiterno cigarro en la boca y su mítico poncho. Un singular personaje que perfectamente compensado por un antagonista de peso (magistral Gian María Volonté como Ramón Rojo) y cuatro constantes muy concretas (guión, música, estética y estilo) estableció las bases esenciales de un subgénero que durante algo más de una década se explotaría hasta la saciedad.



Empezaré con el guión. Y es que, a diferencia del western clásico americano, el SW constituye un subgénero en el que el mensaje o el guión es lo de menos. Básicamente porque —más que lo que se cuenta— lo que importa, en la mayoría de eurowesterns, es “cómo” se cuenta. Precisamente por ello el guión de “Por un puñado de dólares” puede parecer, en ciertos momentos, algo naïf o incluso abstracto. Porque a Leone —a diferencia de Sollima o Corbucci— le interesaba mucho más la forma que el fondo.



La música, sin embargo, es fundamental en el SW. De hecho, si probamos de ver “Por un puñado de dólares” sin la música de Ennio Morricone (aunque podamos incluso leer los subtítulos) comprobaremos, sin lugar a dudas, que el efecto sobre el espectador no tiene nada que ver. Con ello quiero decir que la banda sonora de Morricone no se limita a acompañar las diferentes acciones de la peli sino que, en realidad, se convierte en un factor protagónico tan importante como Eastwood, Volonté o el mismísimo Leone. Por algo se dijo en su momento que “Leone, Eastwood y Morricone fueron —respectivamente— el cohete, el astronauta y el combustible de “Por un puñado de dólares”.



La estética de “Por un puñado de dólares” también marcó un punto y aparte respecto al western clásico americano. Así pues, los típicos vaqueros aseados, repeinados y bien afeitados del otro lado del charco fueron substituidos en Europa por pistoleros sucios, sudorosos y mal afeitados. Pero no solo el aspecto de los actores se vio afectado por esa estética “feísta”. También se constató en las vestimentas, en los decorados o en el atrezzo. A veces, por motivos artísticos. Pero muchas otras veces, también, por razones puramente presupuestarias.



En cualquier caso, si por algo destacó “Por un puñado de dólares” respecto al resto de eurowesterns de la época fue por el libreto de estilo leoniano. Por la amoralidad de sus personajes, por la violencia de sus acciones y por el perfeccionismo de su puesta en escena. Pero también por su concepción del cine. Por su dilatadísimo tempo narrativo. Por sus primerísimos primeros planos. Por su gusto por la fragmentación. Y, obviamente, por esa inconfundible liturgia en todos sus duelos.



Y poco más. Quizás reiteraros, tan sólo, que la mejor virtud de “Por un puñado de dólares” es que fue el “esbozo” que —posteriormente— permitió a Leone crear tres obras maestras como “La muerte tenía un precio”, “El bueno, el feo y el malo” y “Hasta que llegó su hora” y que, a pesar de todos los pesares, el primer western del italiano cuenta con dos escenas muy pero que muy buenas: la de la llegada de Joe a San Miguel y el consabido primer duelo con los hombres de Baxter y, naturalmente, la del duelo final de Joe con Ramón Rojo. Solo por eso “Por un puñado de dólares” se merece, sin lugar a dudas, un puesto de honor en el Olimpo del Spaghetti Western y —por qué no— también en el del Western, por supuesto.   

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jueves, 9 de junio de 2016

EL JINETE PÁLIDO

(Pale rider) - 1985

Director: Clint Eastwood
Guion: Michael Butler y Dennis Shryack

Intérpretes:
-Clint Eastwood: Predicador
-Michael Moriarty: Hull Barret
-Carrie Snodgress: Sarah Wheeler
-Sydney Penny: Megan Wheeler
-Richard Dysart: Coy LaHood
-Chris Penn: Josh LaHood
-John Russell: Stockburn
-Richard Kiel: Club


Música: Lennie Niehaus

Productora: Warner Bros / Malpaso
País: Estados Unidos

Por: Xavi J. PruneraNota: 8,5

Contemplé un caballo pálido y el nombre del jinete era Muerte. Y el infierno le seguía” (Megan Wheeler leyendo El Apocalipsis).

SINOPSIS: Un grupo de colonos buscadores de oro acampados en Carbon Canyon (California) son intimidados por los hombres de Coy LaHood para que abandonen el lugar. La irrupción de un misterioso pistolero apodado “el predicador” animará a los colonos a enfrentarse al todopoderoso LaHood y a Stockburn, su pistolero a sueldo.



El jinete pálido es, sin lugar a dudas, el mejor western de los 80. Y aunque ser el mejor western de una década en la que el género parecía definitivamente abocado a la extinción no justifica —por descontado— tirar demasiados cohetes al aire, que duda cabe, al menos, que impedir su defunción gracias a un peliculón como éste ya es mucho. Así pues, gracias Clint. Gracias por creer en el western. Gracias por currártelo. Gracias por prescindir de inventos y tendencias y dirigir a la antigua usanza. De forma sobria, clásica. Austera, incluso. Con ese inconfundible sello leoniano —eso sí— que le aporta más quilates, si cabe, a tu impecable narrativa. Pero dejémonos de agradecimientos y especifiquemos por qué “El jinete pálido” me parece un grandísimo western.



Yo empezaría, por ejemplo, por el protagonista principal. Por “el predicador” (Clint Eastwood). Un personaje que se aleja un tanto del típico maniqueísmo clásico y se acerca muy mucho a los característicos antihéroes del Spaghetti-Western. Seres de moral ambigua, lacónicos, duros, cínicos y absolutamente imperturbables.



Como “el pistolero sin nombre”, “el predicador” es un hombre del que no sabemos prácticamente nada. Pero no sólo eso. “El predicador” es un ser casi fantasmal. Una especie de aparición. Alguien que, probablemente, debiera estar muerto. Nos lo confirma su espectral llegada al poblado minero (“Contemplé un caballo pálido y el nombre del jinete era Muerte. Y el infierno le seguía”), las seis heridas de bala en la espalda y esa especie de don de la ubicuidad, sobre todo en el duelo final.



Aún así, “el predicador” es algo más humano que “el hombre del poncho” de Leone. Por eso ayuda a los mineros sin esperar nada a cambio, por eso no se aprovecha de Megan (Sydney Penny) cuando ella se le entrega y por eso —en cambio— satisface la pulsión sexual de Sarah (Carrie Snodgress) cuando llega el momento.



Y aunque muchos quieran ver en “El jinete pálido” un simple y correcto remake de “Raíces profundas” yo creo, francamente, que se trata más bien de una inspiración. De un homenaje. De una referencia.



Pero si por algo me apasiona “El jinete pálido” es por esos pequeños detalles que hacen de la peli de Eastwood un pedazo de western. Por esa espectral y ya mencionada irrupción de “El predicador” a caballo cuando Megan está leyendo El Apocalipsis; por esa cuidada indumentaria, tanto del predicador (me encanta su levita) como la de los secuaces de Stockburn (los guardapolvos también me fascinan); por esas calles semidesiertas con las montañas nevadas al fondo; por el cambio de un alzacuellos por una canana; por una espalda cosida a balazos; por frases como “Hay muchos pecadores por aquí. No querrá que me marche antes de terminar mi labor ¿verdad?”; por personajes como Club (Richard Kiel) o Stockburn (John Russell); por planos tan memorables y leonianos como el del sombrero a ras del suelo y por ese duelo final absolutamente antológico.



Por todo eso y más vale la pena retomar, de vez en cuando, “El jinete pálido”. Porque western así, por desgracia, ya no se estilan.



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FOTOS:










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TRAILER:


jueves, 31 de marzo de 2016

EL FUERA DE LA LEY

poster de El fuera de la ley. Clint Eastwood
(Outlaw Josey Wales) - 1976

Director: Clint Eastwood
Guion: Phil Kaufman y Sonia Chernus

Intérpretes:
Clint Eastwood: Josey Wales
Chief Dan George: Lone Watie
Sondra Locke: Laura Lee
John Vernon: Fletcher
Sam Bottoms: Jamie

Música: Jerry Fielding

Productora: Warner Bros/Malpaso Company
País: Estados Unidos


Por: Xavi J. PruneraNota: 8

Josey Wales: "Cuando alguien me empieza a caer bien, al poco se va"
Lone Watie: "¡Pues yo he notado que cuando empiezan a no caerte bien, también se van al poco!"

SINOPSIS: Josey Wales (Clint Eastwood) es un exsoldado confederado que ve como miembros de Las Botas Rojas (a las ordenes de La Unión) matan a su familia e incendian su granja. A partir de ese momento, se convertirá en un forajido con una sola obsesión: cobrar venganza.



Nunca se me ocurriría discutirle a nadie que “Outlaw Josey Wales” es —efectivamente— una de esas pelis concebidas desde un primer momento como vehículo de lucimiento de Clint Eastwood. Lo sé, lo reconozco y, obviamente, no voy a negarlo de ningún modo. Aún así, los que aprendimos a amar este género de la mano del viejo Clint, le tenemos a esta peli un cariño especial. Muy especial. Y es que pese a que Eastwood ya se convirtió en un icono del western gracias a sus intervenciones en la trilogía del dólar de Leone, yo diría que fueron en realidad pelis posteriores como “Cometieron dos errores” (1968), “Infierno de cobardes” (1972) o ésta misma las que acabaron por confirmarlo definitivamente como ese inconmensurable mito cinematográfico del viejo oeste que es hoy en día.


Naturalmente, Josey Wales continúa siendo ese pistolero duro, cínico y nihilista que nos dibujó Leone a mediados de los 60. Pero Josey Wales habla más que el pistolero del poncho. Habla más, dispara más e incluso tiene un pasado. Un pasado que conocemos desde el principio de la peli y que nos permite empatizar un poquito más con él. Pero no sólo eso.


El Josey Wales de Clint Eastwood calza mejor sombrero, dispara a dos manos y escupe tabaco como nadie. Detalles que, por sí solos, convierten a nuestro protagonista en un personaje de primera división y que, personalmente, me bastan y me sobran para considerar este western como un auténtico peliculón.


Pero si le he otorgado un 8 a “Outlaw Josey Wales” no ha sido sólo por eso. Y es que Clint, además de mirarse el ombligo, también es capaz —a ratos— de rodar como los grandes clásicos, logrando buenos planos y buenas secuencias; como cuando —por ejemplo— filma a Wales sentado ante las tumbas de su familia en lo alto de una pequeña colina y detrás de él van apareciendo, sucesivamente, el grupo de renegados sudistas a los que se unirá.


Y aunque “Outlaw Josey Wales” no es, sin lugar a dudas, ninguna obra maestra (“Sin perdón” estaba aún por llegar), la fluidez narrativa y la habilidad con la que Eastwood compone los personajes secundarios (sobre todo los protagonizados por Sam Bottoms, Chief Dan George, John Vernon o Sandra Locke) constatan fehacientemente que, si se rasca un poquito, la peli de Eastwood evidencia algo más que ese mencionado vehículo de lucimiento personal al que aludíamos al principio.


Así pues, me quedo con ese pedazo de personaje que es Josey Wales, por supuesto. Un pedazo de personaje que, por si fuera poco, va creciendo merced a esas continuas referencias que le dedica Fletcher (John Vernon) y que lo convierten, indefectiblemente, en una verdadera leyenda.


Pero también me quedo con ese emotivo tributo que Eastwood le brinda a las naciones indias, con ese tono pesimista y crepuscular que podríamos extrapolar —sin lugar a dudas— al contexto histórico norteamericano del momento (retirada de tropas en la Guerra de Vietnam), con esos tremendos diálogos, con esa extraordinaria fotografía de Bruce Surtees y con esa marcial y sureña banda sonora a cargo de Jerry Fielding que estuvo nominada al Oscar de ese mismo año. Ingredientes, todos ellos, que convierten “Outlaw Josey Wales” en una auténtica bocanada de aire fresco y revitalizador en un momento (mediados de los 70) en los que el western parecía total y absolutamente herido de muerte.

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Fotos:














TRAILER: