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miércoles, 26 de abril de 2017

SIN PERDÓN

(Unforgiven - 1992)

Director: Clint Eastwood
Guión: David Webb Peoples

Intérpretes:
- Clint Eastwood: William Munny
- Gene Hackman: Little Bill Daggett
- Morgan Freeman: Ned Logan
- Richard Harris: English Bob
- Jaimz Woolvett: Schofield Kid
- Saul Rubinek: WW Beauchamp

Fotografía: Jack N. Green
Música: Lennie Niehaus, Clint Eastwood
Productora: Warner Bros Pictures / Malpaso Company (Estados Unidos)

Por Xavi J. Prunera. Nota: 9

William Munny: “¿Quién es el dueño de esta pocilga?”



SINOPSIS: La brutal mutilación de una prostituta en Big Whiskey (Wyoming) no es razón suficiente para que su sheriff, Little Bill Daggett, castigue a sus dos autores. Indignadas ante tal infamia, las compañeras de la prostituta agredida reunirán algo de dinero para contratar a alguien que les haga justicia. Schofield Kid, un joven fanfarrón que busca emular las gestas del retirado cazarrecompensas William Munny (ahora criador de cerdos) contacta con éste y lo convence para asociarse con él y encargarse del trabajo. Munny contacta a su vez con Ned Logan, su antiguo socio, para que les ayude a él y al chico, pero al final tanto Logan como Schofield deciden retirarse. Aún así, Little Bill detiene a Ned y lo mata. La venganza de Munny no tardará en llegar.

Lo tengo decidido. Aunque aún me queda mucho western clásico por ver y nunca he sido, la verdad sea dicha, muy de repetir pelis que ya he visto una o dos veces, me he propuesto —a partir de ahora— volver a disfrutar, de vez en cuando, de esos western que, en un momento dado, marcaron de alguna manera u otra mi trayectoria cinéfila.

Empecé ayer mismo con “Sin perdón”, un western que pese a su carácter elegíaco y crepuscular constata al mismo tiempo que este grandioso género no murió con Peckinpah y Leone y que Eastwood (tras “Infierno de cobardes”, “El fuera de la ley” y “El jinete pálido”) merecía —sin lugar a dudas— que su nombre como cineasta pasara, tarde o temprano, a formar parte de la historia de forma total y absolutamente incuestionable.


Más allá de su propia trascendencia histórica y artística, sin embargo, lo que realmente ha conseguido este nuevo visionado de “Sin perdón” es volver a fascinarme. Tanto o más que la primera vez. Y lo ha conseguido porque la peli de Eastwood reúne, bajo mi punto de vista, todo cuanto debe atesorar cualquier obra cinematográfica que se precie. Me estoy refiriendo, concretamente, a cuatro elementos básicos: una buena historia, personajes memorables, secuencias para el recuerdo y emoción. Cuatro elementos básicos de los que “Sin perdón” anda bien provista y que la convierten, indudablemente, en una auténtica obra maestra del western contemporáneo.



Permitidme, pues, que vaya deshojando esos cuatro elementos, uno por uno, porque considero que vale mucho la pena incidir en cada uno de ellos por separado. Y quiero empezar con la historia que nos cuenta “Sin perdón”, con su guión, porque estoy convencido que esa es la gran piedra angular de la película de Eastwood. Una peli con un principio y un final soberbios y que discurre, toda ella, con un ritmo y una tensión absolutamente magistrales. Precisamente por ello me gustaría destacar el gran trabajo de David Webb Peoples escribiendo la historia de un expistolero a sueldo contratado para matar a dos vaqueros que le cortaron la cara a una prostituta. Una historia tan sencilla como cargada de matices que se apoya, como no, en una serie de personajes (tanto principales como secundarios) verdaderamente extraordinarios. Empezando por el mismísimo Will Munny (un veterano y, a priori, redimido asesino profesional que deberá abordar un último trabajo para solucionar sus necesidades económicas), pasando por Ned Logan (exsocio y fiel amigo de Munny), por Bob “el inglés” (un cazarrecompensas que acude a Big Whiskey con el mismo objetivo que Munny), por Schofield Kid (un joven pistolero, bastante cegato, tentado por la recompensa de las prostitutas) y acabando, naturalmente, por Little Bill Daggett (un sádico e implacable sheriff sin escrúpulos que impone la ley, su ley, en Big Whiskey).


Pero si por algo más “Sin perdón” me parece una peli incuestionablemente redonda es, sin lugar a dudas, por esas secuencias que quedan marcadas a fuego en nuestras retinas. Secuencias como la que nos muestra a un Will Munny manchado de purines hasta las cejas o cayendo al suelo en un vano intento de montar a un caballo poco acostumbrado a llevar un jinete encima. Secuencias tan realistas y desmitificadoras —por cierto— como la de la emboscada, en la que se nos certifica la indiscutible redención de Ned (incapaz de dispararle al vaquero herido) y en la que se demuestra, también, que disparar y acertar a cierta distancia no es tan fácil como siempre nos han hecho creer.

Aún así, mis secuencias favoritas de “Sin perdón” son las que se encuentran al final de la peli. Y es que cada vez que veo a Clint entrar en los billares de Big Whiskey —de noche y en plena tormenta— y le escucho decir (con la voz de Constantino Romero) “¿Quién es el dueño de esta pocilga?” no puedo evitar tragar saliva, clavar las uñas en el sofá y esperar acontecimientos. Lo que ocurre a continuación no voy a desvelarlo, claro, pero sí me gustaría apuntar que contiene lo que todo amante del western espera encontrar en una peli de este calibre: dramatismo, épica, tensión y, sobre todo, emoción. Casi tanta como la que desprende por los cuatro costados ese plano final de auténtica postal fordiana aliñado, por si fuera poco, con una delicada y estremecedora melodía (compuesta por el propio Eastwood) capaz de poner los pelos como escarpias al mismísimo diablo. Brutal.



sábado, 14 de enero de 2017

MUERDE LA BALA

(Bite the bullet - 1975)

Director: Richard Brooks
Guión: Richard Brooks

Intérpretes:
- Gene Hackman: Sam Clayton
- James Coburn: Luke Matthews
- Candice Bergen: Miss Jones
- Ben Johnson: Míster
- Ian Bannen: Sir Harry Norfolk
- Jan-Michael Vincent: Carbo

Música: Alex North

Productora: Columbia Pictures Corporation
País: Estados Unidos

Por: Güido MalteseNota: 7

Míster: "Mi vista no es tan buena cómo la suya.... y si te mato, me descalificarían por abusar de un estúpido"


Tras regalarnos dos grandes westerns, “La última caza” y “Los profesionales”, Richard Brooks vuelve al género, esta vez encargándose del guión además de la dirección. Y lo hace con un western de los llamados crepusculares que, en este caso, se desarrolla a principios del siglo XX y ahonda en el fin de una forma de vida libre y salvaje.


Un periódico organiza una carrera de caballos de 700 millas de distancia con gran repercusión mediática. Con un suculento premio en metálico, el evento atrae a diferentes participantes y por diferentes motivos. Unos simplemente por dinero, otros por la fama, otros por la emoción y la aventura y alguna por motivos misteriosos.

Brooks juega muy bien la baza de mostrar en todo su esplendor los espacios abiertos, los grandes paisajes; en definitiva, el Salvaje Oeste. Pero, para mí, lo que consigue magistralmente a lo largo del film, es mostrarnos el amargo final de ese Oeste, de los vaqueros, de los códigos entre hombres. La película está repleta de diálogos y frases que describen perfectamente el final de una forma de entender y vivir la vida.

Los que me conocéis, ya sabéis de mi predilección por los temas que tratan la amistad, el honor, la lealtad, la caballerosidad o el orgullo. Y esta película tiene todo eso y consigue que le dé una puntuación más alta de la que seguramente le corresponda. No estamos ante un gran western (no esperéis que esté a la altura de los dos westerns anteriores de Brooks), pero sí que estamos ante un western para verdaderos amantes del género que sabrán entender lo que Brooks pretende, que no es otra cosa que dignificar al vaquero, al caballo, a una “cultura” que agoniza arrollada por el progreso y la civilización. Su trabajo cómo guionista me parece sensacional.

Ya desde el inicio sabremos mucho de Sam Clayton, de su amor por los caballos. Cuando le regala un potrillo a un niño y éste le pregunta: “¿No tendré que pagar nada?, a lo que Clayton contesta: “Sí, nunca le maltrates”. Sin demora conoceremos a Luke Matthews, su viejo amigo, y veremos que esa amistad es inquebrantable y verdadera. Clayton se mete en una pelea y Matthews no duda en ponerse a su lado, prestándole después dinero (“Un baño son 5$, emborracharse 15$ y pasar la noche con una mujer 30$”). Míster, un viejo vaquero que también se ha apuntado a la carrera, impide que Carbo dispare contra ellos con la frase que he puesto en la cabecera de la reseña.

Aunque ya sabíamos que Míster no tiene nada por una secuencia anterior en la que intenta vender su condecoración de la Guerra Civil (“Hoy en día la medallas de los perdedores no valen nada...y no se ofenda, amigo”).

Carbo, un joven ávido de fama, fanfarrón y de gatillo fácil. Sir Harry Norfolk, un ingles recto y educado deseoso de competir y vivir emociones. El mejicano, metido en la carrera para sacar a su familia adelante si consigue el premio. Parker, el rico terrateniente que compite con un pura sangre y mucho dinero de por medio. Y, finalmente, Miss Jones, una ex prostituta. Esos son los verdaderos protagonistas de la carrera y de la película. En palabras de Clayton: “Al caballo le da igual quién gane la carrera”.

A mi parecer, a la película le sobra algo de metraje y quizás se alargan demasiado algunas escenas de cabalgadas y el uso de la cámara lenta en algunas tomas. Tiene una parte muy “spaghettera” cuando les roban los caballos y recurren a la moto con sidecar del periodista para recuperarlos, algunos toques de “ñoñería” y un final algo simplón. Pero insisto en que todo ello queda disimulado por unos diálogos muy, muy buenos.

La escena de Míster poco antes de morir, sincerándose con Clayton es magistral por la conversación que mantienen, dónde toda esa “crepuscularidad” del film es patente.

El intercambio de frases entre Matthews y el leñador es hilarante y no desentona en absoluto. O Sir Norfolk al continuar la carrera dejando a Hackman al cuidado del mejicano, pero vuelve atrás y pregunta: “¿Le parece antideportivo?”. Todo el metraje está repleto de esos diálogos, algunos tristes (“no sé ni como se llamaba”), otros más divertidos (“Oye, ¿Por qué no me cuentas la historia de tu vida?...sáltatelo todo excepto los últimos minutos!”), pero todos acertados y en el momento justo.





También encontraremos muchas dosis de defensa de los animales y de crítica al racismo tan usual en Estados Unidos.



Los actores no desmerecen en absoluto, otra gran baza del film. Hackman es Hackman, poco se puede decir de uno de los mejores actores que ha tenido el Cine. Coburn en su línea, llenando la pantalla con su carisma y su porte (atención a su bailoteo de sevillanas). Bergen en todo su esplendor, bellísima y cumpliendo de sobra. Bannen y Vincent más que correctos cómo el educado y competitivo inglés y el fanfarrón y bocazas que acabará aprendiendo a base de palos.



Y mención honorífica para Ben Johnson, inmenso en su papel de viejo cowboy acabado que se niega a admitir que está llegando al final, sufriendo más que ninguno la dureza de la carrera (“suélteme, no quiero que los demás se enteren”) y aportando el toque más crepuscular del película. ¡Chapeau, Míster Johnson!




En definitiva, un western para seguidores del género, no aporta nada nuevo pero encandilará a los amantes de los códigos de conducta del Far West.

- Hay que quitársela
- ¿Quién lo hará?
- Nosotros
- ¡Está loco!
- Confía en nosotros
- ¿Eso prueba que está loco!
- ¡Muerde la bala, amigo!