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jueves, 1 de febrero de 2018

REBELDES EN LA CIUDAD

(Rebel in town, 1956)

Dirección: Alfred L. Werker
Guion: Danny Arnold

Reparto:
John Payne: John Willoughby
Ruth Roman: Nora Willoughby
J. Carrol Naish: Bedloe Mason
Ben Cooper: Gray Mason
John Smith: Wesley Mason
Ben Johnson: Frank Mason
James Griffith: Marshall Adam Russell
Mary Adams: Grandma Ackstadt
Boby Clark: Peter Willoughby

Música: Lex Baster
Productora: Bel-Air (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

"Lo que unos hombres hacen por ira o por miedo a los hijos de otros hombres. Esa es la tragedia del mundo” (Bedloe Mason dirigiéndose a John Willoughby una vez se ha consumado el drama).


Mi pasión por este género me lleva a intentar adquirir los wésterns editados en España a pesar de, en muchas ocasiones, no conocerlos. El resultado, generalmente, es la compra de películas tan agradables de ver como tópicas y fáciles de olvidar. Sin embargo, de vez en cuando topo con alguna de la que no tenía referencias que supone un grato descubrimiento. “Rebeldes en la ciudad” forma parte de esta categoría.



Estamos ante una producción de la Bel-Air, compañía creada por Howard W. Koch junto a Harvey Schenk y Edwin B. Zabel, especializada durante la década de los cincuenta en wésterns de serie b dirigidos, en la mayoría de los casos, por el estajanovista Lesley Selander.

En todo caso el filme se sitúa por encima, no sólo de los wésterns de la citada compañía, sino de la mayoría de las películas del oeste de serie b gracias a un inteligente guion de Danny Arnold, una inspirada dirección de Alfred L. Werker, competentes actuaciones de los principales actores y un acertado tema principal compuesto por Lex Baster que, como ocurría en “Solo ante el peligro” (película, ya reseñada en este blog, dirigida por Fred Zinneman en 1952) nos sirve como introducción a la tragedia a la que asistiremos.



ARGUMENTO: Wesley Mason, miembro de un grupo de exconfederados devenido en fuera de la ley, dispara accidentalmente al hijo del matrimonio Willoughby causándole la muerte. Tras huir, la situación se complicará cuando un malherido Gray Mason recale en el rancho del matrimonio siendo reconocido por Nora Willoughby que, no obstante, se prestará a cuidarlo; mientras que su marido intentará sonsacarle información con la finalidad de descubrir la identidad del asesino de su hijo.

El filme se estructura en torno a la historia de dos familias maltratadas por la Guerra de Secesión estadounidense.



Por una parte nos encontramos con los Willoughby (John, Nora y Peter), retratados a través de la escena inicial como la típica familia feliz pero sólo en apariencia. Así inmediatamente después y de forma lúcida el director se centra en los aspectos más oscuros de la misma, mostrándonos sucesivamente al chico de apenas ocho años jugando, sobre un caballo y con el sable de su padre, a descabezar sudistas; a los progenitores discutiendo sobre la inadecuada educación dada a su hijo; y al padre transmitiendo sus obsesiones en relación con la Guerra Civil y el odio a los rebeldes a su vástago. El director y el guionista nos están preparando para la escena de la muerte de Peter, en la que tendrá tanta responsabilidad el hombre que le dispara como el padre, al haberle inculcado este tanto su animadversión hacia los confederados, como su fascinación por las armas. En definitiva, las obsesiones y la inconsciencia del progenitor han llevado a su hijo a la muerte.



Por otra parte tenemos al clan de los Mason, compuesto por el padre Bedloe y sus hijos Gray, Frank y Cain, además de Wesley, descendiente de un amigo muerto de Bedloe al que este ha adoptado. Pertenecientes a la aristocracia de Alabama, son exsoldados convertidos en bandidos al haber perdido durante el conflicto bélico sus haciendas, sus plantaciones e, incluso, su posición; por lo que han encontrado en el mundo marginal de la delincuencia la única forma de poder subsistir en una sociedad incapaz de olvidar los sufrimientos de una guerra reciente y de tanta crueldad. No obstante, el jefe del clan intentará mantener en todo momento la dignidad. Así Bedloe afirmará: “Por desgracia tenemos que vivir como bandidos pero no obrar como ellos”. Curiosamente, no es difícil reconocer tanto en los personajes de Bedloe y Wesley como en la relación que mantienen un claro antecedente de Rufus Hannassey y su hijo Buck en la afamada “Horizontes de grandeza” (William Wyler, 1958).



A través de ambas familias se sugieren cuestiones como el olvido, la reconciliación e, incluso, el necesario perdón en determinadas ocasiones. Junto a estos temas, la película en su tramo final aborda otro no menos importante: la violencia latente en la sociedad norteamericana, al describirnos cómo se transforma una población aparentemente pacífica en un grupo descontrolado tendente a tomarse la justicia por su mano, al confundir esta con la venganza para calmar su sed de sangre. Así, como también relataría magníficamente Arthur Penn en “La jauría humana” (1966) de la que esta película se rebela como un claro antecedente, ante nuestros ojos un pueblo apacible se convertirá en un verdadero infierno.



Alfred Werker, un sólido director encuadrado dentro del cine de bajo presupuesto y en cuya filmografía, plagada de wésterns y noirs, destacan “Orden: caza sin cuartel” codirigida en 1948 por Anthony Mann o “Cargamento blindado”, una apreciable mixtura entre noir, cine bélico y de aventuras, acierta al adoptar una mirada fría sobre los hechos narrados sin enfatizarlos ni juzgarlos, sino tan sólo mostrándolos. De esta forma obtiene un filme seco y duro que impacta por el realismo de las escasas escenas violentas caracterizadas por su crudeza, como la de la muerte del hijo de John y Nora, la pelea entre John y Ben (escena magistral por la tensión in crescendo creada, en la que juega un papel protagonista un hacha situado en primer plano) o el posterior intento de linchamiento de Ben.

El último pilar sobre el que se sostiene la película es el inspirado elenco actoral.



Un más que correcto John Payne da vida a John, un hombre desagradable obsesionado con capturar y matar rebeldes, no importándole para ello abandonar periódicamente a su mujer. Representante de aquellos individuos que identifican virilidad con violencia, a pesar de la oposición de su esposa inculca a su vástago unos valores basados en los códigos militares inapropiados para un niño de tan corta edad. Tras la muerte de Pete, ni las recomendaciones del Marshall, ni las súplicas de su mujer le harán rectificar su intención de vengarse del asesino. Venganza en la que, me pareció, revisten un papel importante sus remordimientos.



Ruth Roman se muestra muy convincente como Nora, una mujer infeliz por el cambio en el comportamiento de su marido tras la Guerra Civil. Personaje lúcido y cuerdo entre tanta locura, mostrará toda la capacidad del ser humano para perdonar y olvidar con la finalidad de poder seguir viviendo. Incluso en los instantes finales amenazará a su marido con abandonarlo si no para a la población en sus ansias destructivas, llegando a decirle: “Si no sales a impedir que la pandilla de salvajes cometa por ti ese crimen, no vuelvas a acordarte de que existo si quiera”.



J. Carrol Naish hace una composición inolvidable como Bedloe, el jefe del grupo de forajidos y padre de sus miembros. Persona de gran lógica y raciocinio, tiene un estricto código ético y representa el drama vivido por muchos confederados tras la guerra al haberse quedado sin nada, situación que lo atormenta. De hecho le comentará a Ben: “Cuantas veces me he preguntado por qué razón nosotros, los Mason, habríamos venido a parar a esto. A robar para poder comer, sin hogar y por todo techo las estrellas del cielo. No hallé respuesta”. Hombre profundamente democrático, somete las decisiones que puedan afectar al grupo a la votación de los todos los componentes del mismo, a pesar de haber establecido, igualmente, una férrea jerarquía. Se trata de un individuo tolerante y comprensivo con las debilidades humanas y, por tanto, en la antítesis del estricto John.



El resto del reparto está compuesto por caras habituales de este género: Ben Cooper, dos años después de haber rodado “Johnny Guitar” (filme ya reseñado), Ben Johnson (habitual en las películas de Ford y Peckinpah) o James Griffith, al que pudimos ver en la también reseñada “Tambores apaches” (Hugo Fregonese, 1951).



“Rebeldes en la ciudad” es un recomendable wéstern, de tan solo ochenta minutos y profundamente sombrío, sobre cómo las circunstancias pueden determinar la conducta y personalidad de los hombres y hasta qué punto está difuminada la línea que separa el bien del mal.


jueves, 29 de junio de 2017

RÍO GRANDE

Rio Grande - 1950

Dirección: John Ford.
Guion: James K. McGuinness (Historia: James Warner Bellah)

Intérpretes:
- John Wayne: Lt. Col. Kirby Yorke
- Maureen O'Hara: Mrs. Kathleen Yorke
- Ben Johnson: Trooper Travis Tyree
- Claude Jarman Jr.: Trooper Jefferson 'Jeff' Yorke
- Harry Carey Jr.: Trooper Daniel 'Sandy' Boone
- Chill Wills: Dr. Wilkins (regimental surgeon)
- J. Carrol Naish: Lt. Gen. Philip Sheridan
- Victor McLaglen: Sgt. Maj. Timothy Quincannon

Música: Victor Young.
Productora: Argosy Pictures (USA).


Por Quim Casals. NOTA: 8



Si uno no conociera la profundísima pasión y devoción fordiana de Jesus “Elenorra” Cendón, podría pensar que con su propuesta para hacerme cargo de la reseña de Río Grande me traspasaba el baile con la más fea, pues de la llamada “Trilogía de la Caballería” de John Ford es sin duda la que siempre ha gozado de menor prestigio crítico y sigue siendo la menos conocida a nivel popular.


No obstante, quizás porqué siempre he preferido ser abogado de las causas perdidas, diré que me alegré mucho ante el ofrecimiento, ya que particularmente —y aquí el particular a buen seguro que lo será más que nunca— en su conjunto me gusta más y me llega más hondamente que sus dos predecesoras. La causa, con toda seguridad, es que trascendiendo la glosa militarista, que no es algo que nunca me haya emocionado especialmente, de lo que trata en última instancia Río Grande es de la familia, una temática además netamente fordiana que el maestro sabía retratar con una sensibilidad y una sutileza ejemplares.


Asistimos aquí a la reconstrucción de los lazos familiares: en Fort Starke, el coronel Yorke (John Wayne, en buscado parecido fonético con el Capitán York de Fort Apache) ve cómo se incorpora al regimiento su joven hijo, Jeff (Claude Jarman Jr.), expulsado de West Point y al que lleva 15 años sin ver; acto seguido y con la intención de llevarse al muchacho, llega su esposa, Kathleen (Maureen O’Hara), de la que lleva el mismo tiempo separado y distanciado tras haberse visto obligado durante la guerra a quemar las plantaciones patrimonio de la familia de ella. Un inciso aquí para resaltar la afilada crítica hacia las órdenes fruto de las conveniencias políticas, muy fáciles de tomar desde los despachos pero que cuestan bajas evitables. En esa misma escena inicial, hablando con el General Sheridan (J. Carroll Naish) sobre su reciente misión, Yorke afirma que él no mandaría notas de protesta a Washington sino que los llevaría al abrevadero donde varios soldados fueron colgados cabeza abajo para ser devorados por las hormigas…


Es en este mismo sentido que cabe ahondar en la espectral fotografía a cargo de Archie Stout y Bert Glennon, donde abundan las escenas nocturnas, los contraluces y las sombras fantasmagóricas de los personajes proyectadas sobre la lona de las tiendas en el fuerte, o los exteriores siempre agrestes. Una aridez y sequedad, en fin, que refleja de una manera más realista y descarnada que otras películas la dureza de esa forma de vida frecuentemente ingrata.



No por casualidad la historia se abre y se cierra con el retorno de los soldados al fuerte tras una misión; pero pese a las victorias, no serán en absoluto entradas triunfales. La cámara de Ford prefiere fijarse en lo humano, en las esposas que esperan angustiadas que el amado regrese con vida, en el fatigoso andar de los soldados agotados, en las literas que trasladan a los heridos… Las escasas escenas de acción, por su parte, están rodadas de una manera muy funcional, nada aparatosa (influyó el escaso presupuesto y tiempo de rodaje), mientras que el contrapunto distendido lo aportan Victor McLaglen (llamado aquí como en La legión invencible Quincannon) y las tribulaciones de los jóvenes Ben Johnson y Harry carey Jr.




Quisiera resaltar también el estupendo trabajo efectuado con el guion, y que a primera vista puede pasar desapercibido, que consiste en lograr que aquello que sucede en el regimiento (la vida cotidiana en el fuerte, las escaramuzas con los indios, el ataque indio a la caravana en la que trasladan de fuerte a las mujeres y niños, la batalla final para liberar a los niños que los indios han secuestrado en una vieja iglesia mexicana) tenga una repercusión directa en la relación entre los miembros de esa familia desestructurada, en forma de progresivo acercamiento emocional entre ellos.


Así, la primera vez que veamos juntos al padre y al hijo será en un “falso” cara a cara propiciado por un plano excepcional que juega con la profundidad de campo: los nuevos reclutas están alineados, con Jeff en primer término, y Yorke les habla desde el fondo de la fila sobre el hecho que no esperen la gloria, sino una vida de dolor y privaciones; entendemos claramente que tan severa advertencia es ante todo para con Jeff. Muy fría y distante será también la primera conversación entre ambos, aunque al término veremos a Yorke, ya solo, comparándose con la altura del hijo; le veremos también, en otro maravilloso plano, observándole desde una ventana con una mirada que ya es de “padre” mientras le atiende el médico, dejará que Jeff continúe su pelea contra quien le ha acusado de trato de favor, mostrará su preocupación, pero también su orgullo, por las acciones de riesgo en las que Jeff participa para, finalmente, pedirle que sea él, mientras por primera vez le llama hijo, quien le arranque del pecho la flecha que le ha herido en la batalla final.


Paralela será la trayectoria Kathleen, la cual brinda ante los mandos por mi única rival, la Caballería de los Estados Unidos. Ella deberá asumir con mucho dolor la libertad de elección de su hijo para seguir los pasos de su padre en el ejército, y será finalmente la comprensión de esa elección vital la que hará posible el reencuentro sentimental de ese matrimonio roto. Ford equipara, pues, su reconciliación conyugal con su reconciliación con lo que supone el ejército como forma de vida. Algo del todo coherente con la romántica idea que el cineasta tenía de la Caballería como una familia.


Dos aspectos cabe destacar en este tránsito, el uso de la dirección artística y el de las canciones que interpreta el grupo The Sons of the Pioners, como miembros del elenco. En lo primero, estamos muy acostumbrados a ver en los fuertes del cine recias estancias de madera que transmiten la sensación de la seguridad de un pequeño hogar. Aquí, como he dicho antes, se focaliza la atención en las tiendas, alegoría de lo temporal y transitorio. De esta manera, la primera cena entre los dos, con la mesa con íntimas velas pero a resguardo tan solo con las lonas, proporciona la muy simbólica imagen de un comedor sin paredes, la ilusión de un hogar que aún no es tal.


Por su lado, las letras de las canciones, primero ante los dos tras la cena y la que Yorke escucha paseando a la vera del Río Grande, entroncan directamente con los sentimientos de los personajes, que estos expresan con calladas miradas (creo firmemente que estamos ante una de las mejores interpretaciones de Wayne por la expresividad de su rostro en los silencios). La segunda de estas escenas, sublime plano a plano en su concepción, constituye, como aquel otro de la madre en Las uvas de la ira al desprenderse de sus últimas pertenencias, uno de esos momentos de purísima e inimitable poesía fordiana, donde nos parece que el tiempo se haya detenido. Al final de ella, en asombroso primer plano Wayne escucha: Mi corazón se retuerce y las lágrimas horadan mis ojos. Volveré rápido a ella. Y a fe que lo hace y besa apasionadamente a Maureen O’Hara. La revisión de esta obra me ha hecho caer en la cuenta que su raudo gesto al cogerla del brazo y atraerla hacia él supone un anticipo clarísimo del famosísimo primer beso de El hombre tranquilo. Parece evidente que Ford, Wayne y O’Hara tomaron buena nota.


Y no, no me olvido (lo mejor siempre se deja para el final), es hora de recordar que esta fue su primera película conjunta y que en ella queda ya perfectamente patente la triple química absoluta entre actor, actriz y director. Un aliciente más para acercarse a este pequeño pero a mi entender muy reivindicable western.