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sábado, 22 de julio de 2017

EL PRECIO POR LA LIBERTAD

(Seven Ways From Sundown - 1960)

Dirección: Harry Keller
Guion: Clair Huffaker

Reparto:
- Audie Murphy: Seven Jones
- Barry Sullivan: Jim Flood
- Venetia Stevenson: Joy Carrington
- John McIntire: Sargento Hennessey
- Kenneth Tobey: Teniente Herly
- Ken Lynch: Graves

Música: Irving Gertz, William Lava.
Productora: Universal Pictures (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 6

“Fíjate Siete, cuando pase a mejor vida espero poder hacerlo con el bolsillo repleto de puros. A donde voy no me costará encontrar lumbre” (Conversación entre Flood y Seven)



Audie Murphy, el protagonista de la película, pasó de ser el soldado más condecorado durante la Segunda Guerra Mundial a una estrella de los westerns de serie b gracias, sobre todo, a su contrato con la Universal, una de las majors con mayor especialización en este tipo de filmes de bajo coste. Su filmografía se prolongó durante más de veinte años y cuarenta y cinco películas en los que fue dirigido, entre otros, por John Huston, Jack Arnold, Don Siegel o Budd Boetticher, hasta su prematura muerte en 1971 en un desdichado accidente de aviación.



Interesantísimo legado que no podía pasar desapercibido para los autores de este blog por lo que era lógico que tarde o temprano reseñáramos alguna de sus películas.



ARGUMENTO: Al novato Ranger de Texas Seven Jones, junto al sargento Hennessey, le es encargada la misión de atrapar a Jim Flood, un peligroso forajido. Tras la muerte del veterano agente y la captura del pistolero por Seven se establecerá una relación peculiar entre ambos hombres.



La película sorprende por el guion, obra de todo un especialista como Clair Huffaker, novelista y guionista responsable entre otros de los libretos de “Estrella de fuego” (Don Siegel, 1960), “Los comancheros” (Michael Curtiz, 1961), la ya reseñada en este blog “Río Conchos” (Gordon Douglas, 1964) o “Ataque al carro blindado” (Burt Kennedy, 1967). Así nos encontramos con un libreto inusual y de mayor complejidad y profundidad dentro de este tipo de filmes en el que se abordan temas como la amistad, la lealtad, la fidelidad a unos principios o las dolorosas consecuencias del cumplimiento del deber, a través de dos personajes singulares y poco usuales hasta ese momento en el wéstern.



Por una parte nos encontramos con Seven Jones, el protagonista, un inexperto e ingenuo Ranger en su primera misión. Se nos presenta como un individuo torpe (rompe un plato el primer día que le invitan a comer para, posteriormente, estrujar involuntariamente un pastel), con un nombre ridículo que coincide con el título original de la película (Siete Caminos al Atardecer Jones), escasamente varonil y negado con el revólver. Un joven novato para el que el viaje físico se convertirá en un viaje iniciático que le transformará en un hombre, con las tremendas consecuencias que este hecho conllevará al tener que tomar una decisión dolorosa; porque, en definitiva, madurar es asumir las consecuencias de tus decisiones.



Mientras que Flood, el forajido, aparece ante nuestros ojos como un seductor nato, atildado, educado, afable con los niños (sensacional la escena en el río con un muchacho al que le regala su navaja), amante de la buena vida (es un auténtico hedonista con querencia por los puros, el whisky, las mujeres, el café y un buen bistec), manipulador, fiel a su código de conducta y que no duda en utilizar la violencia pero sólo cuando es imprescindible. Un individuo con una personalidad tan atractiva como independiente del que llega a firmar el sargento Hennessey “Es el tipo de persona al que le perdonas muchas cosas”.



Entre ambos y a medida que vayan sorteando los peligros de su vuelta desde Nuevo México a Texas (indios, cazadores de recompensas, unos rivales del pistolero, etcétera) se irá estableciendo una peculiar relación, al principio de respeto y posteriormente de mutua admiración. Flood al comprobar la integridad de Seven y su determinación por cumplir la misión, y Seven porque, como señala otro personaje, comprende que Flood es “Todo lo que quisiera ser un hombre y no lo es”; en definitiva, un ser libre sin ataduras morales ni sociales, aunque este hecho conlleve, como indica el título del filme en castellano, un precio que es muy elevado. Incluso Flood, al más puro estilo maestro-alumno, le propondrá asociarse, quizás viendo en Seven el digno descendiente del que carece, y ante la negativa de este, y para no perjudicarle, renunciará a escapar hasta ser entregado al sheriff.



Lástima que en tan interesantes premisas no profundice el director Harry Keller, sustituto de George Sherman, que volvería a colaborar con Audie Murphy en la también recomendable “Seis caballos negros” y se decante por un relato más convencional, no ahonde en el tono dramático del relato y sobre todo no sepa o no quiera explotar el secreto del asesinato del hermano de Seven, otro Ranger llamado Second, al que, ante la cobardía del otro agente que le acompañaba, no le quedó más remedio que dar muerte Flood. Una subtrama que podría haber ahondado en el carácter trágico de la personalidad del pistolero y de su relación con el Ranger. No obstante, Keller despacha una película correctamente dirigida, tanto en exteriores como en interiores, con un buen ritmo y un memorable, lógico y amargo final.



Por lo que respecta al reparto y como contrapeso de Audie Murphy nos encontramos con Barry Sullivan en el rol de Flood, bastante correcto aunque me hizo anhelar a Dan Duryea, un actor con personalidad arrolladora que hubiera bordado el papel. Junto a ellos dos veteranos de la fiabilidad de John McIntire en el papel del sagaz sargento Hennessey, antiguo amigo de Flood, que recordará constantemente a Seven la obligación de los Rangers de no juzgar al pistolero; y Keneth Tobey en el papel del cobarde y pérfido teniente Herly, un hombre profundamente deshonesto en colisión con el forajido y su particular forma de entender la integridad.



En definitiva, a pesar de no ser un título totalmente logrado, estamos ante una atractiva propuesta situada por encima de los westerns de serie b que no debería defraudar a los aficionados al género.

TRAILER:




miércoles, 5 de julio de 2017

EL SECRETO DE CONVICT LAKE

(The secret of Convict Lake, 1951).

Dirección: Michael Gordon.
Guion: Anna Hunger, Jack Pollesfen, Oscar Saul, Victor Trivas, Ben Hecht (sin acreditar).

Reparto:
Glenn Ford (Jim Canfield)
Gene Tierney (Marcia Stoddard)
Ethel Barrymore (Granny)
Zachary Scott (Johnny Greer)
Ann Dvorak (Rachel Schaeffer)
Barbara Bates (Barbara Purcell)
Jeanette Nolan (Harriet Purcell)

Música: Sol Kaplan.
Productora: Twentieth Century Fox Corporation (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 6’5

“Creo que carga con demasiada responsabilidad. Juez, jurado y verdugo, todo bajo un bonito vestido de señora. ¿Por qué no organiza un linchamiento?” (Jim Canfield a Marcia Sotddard tras el recibimiento a los presos por parte de las mujeres del pueblo)


ARGUMENTO: Cinco convictos, entre los que se encuentra Jim Canfield acusado injustamente de asesinato, tras escapar del penal de Carson City recalan en un pueblo de montaña cerca del lago Monte Diablo habitado temporalmente sólo por mujeres. Ambos grupos deberán aprender a convivir hasta que cese la tormenta.


Basada en hechos reales acaecidos en 1871, la película, aunque no conseguida del todo, constituye una propuesta muy atractiva por su audacia y es, sobre todo, por diversas razones una rara avis dentro del género wéstern de la década de los cincuenta.


En primer lugar porque el filme se constituye como una mixtura de géneros. Por supuesto es un wéstern, pero igualmente contiene elementos de thriller (unos convictos en busca de un botín), melodrama (las dos historias de amor) e, incluso, terror en escenas como la nocturna que se desarrolla en el establo, previo a su incendio, con uno de los personajes tan sólo alumbrado por una lámpara de petróleo.


En segundo lugar el marco geográfico en el que se desarrolla la acción. Así se van a sustituir las grandes llanuras con sus infinitos espacios abiertos por la montaña, la nieve y un entorno cerrado. De esta forma, el pueblo aislado por la tormenta va a ser concebido por el director como un microcosmos, un espacio claustrofóbico y opresivo, que le permitirá dosificar la tensión a través de tres arcos argumentales perfectamente ensamblados:
-    Las ansias de venganza de Jim Canfield al pretender acabar con el individuo cuya falsa declaración le condenó a la horca.
-    La tentativa de Johnny Greer, junto con el resto de compinches, para adueñarse de los cuarenta mil dólares escondidos por el hombre que traicionó a Jim.
-    Los desordenados impulsos sexuales de Clay, otro de los ex convictos. Un psicópata condenado por violación y asesinato presto, en esta situación, a liberar sus más bajos instintos.


En tercer lugar por la importancia cuantitativa y cualitativa de la presencia femenina en el filme. De esta forma la película entroncaría con los escasos ejemplos en los que se resaltó el papel de la mujer como colectividad en el wéstern: “Caravana de mujeres” (William Wellman, 1951) o “Brigada de mujeres” (George Marshall, 1957).


 


Por último, nos encontraríamos con la trascendencia del sexo como un elemento que impulsará la acción. Johnny se dará cuenta desde el inicio de las carencias sexuales y afectivas de Rachel, una mujer frustrada y reprimida, y la seducirá como parte del plan para averiguar el paradero de los cuarenta mil dólares (es extraordinaria la secuencia de la seducción que culmina con un fundido en negro para a continuación mostrarnos las llamas de un fuego). Mientras que la pulsión sexual de Clay, latente durante gran parte de la película, culminará con el intento de violación de Barbara y el posterior linchamiento de este por parte de las mujeres del pueblo.


La película además cuenta con un gran reparto. Nos encontramos con Gene Tierney, bellísimamente retratada por la fotografía en blanco y negro obra de Leo Tover que resalta sus hermosísimos ojos, en el papel de Marcia Stoddard que se debate, a medida que descubre la clase de hombre que es su prometido, entre su amor creciente por Jim y su compromiso matrimonial con Rudy. Ethel Barrymore como Granny, personaje experimentado y líder natural del grupo de mujeres. Ann Dvorak, sensacional en su último papel para el cine, dando vida la reprimida Rachel, una mujer amargada por su soltería de la que llegan a decir: “Esperar a un marido es difícil, pero no tener a quién esperar es aún peor”; además de no esconder sus celos hacia Marcia al haberse prometido ésta a su hermano. Y. por último, Jeannete Nolan como la dominante madre de la joven Barbara, objeto del deseo de Clay. Son personajes muy bien perfilados con apenas algunas pinceladas. Por el lado masculino destacan un adecuado Zachary Scott, el malvado del filme, un hombre inteligente que, cual demonio, se dará cuenta de la debilidad de Rachel y la tentará seduciéndola por motivos espurios; y Glenn Ford como Jim Canfield, un individuo consumido por su sed de venganza que deberá escoger, ante la creciente amenaza de sus compañeros de fuga,. entre su satisfacción personal y la protección a las mujeres.


Película, por tanto, profundamente moral que, aunque cuenta con un giro de guion coincidente con la aparición de los maridos que supone cierta pérdida de credibilidad en el tramo central, remonta en un gran final centrado tanto en las consecuencias derivadas de actitudes codiciosas, como en la posibilidad de regeneración de los seres humanos si se les permite una segunda oportunidad.


“El secreto de Convict Lake” es, en definitiva, una joya olvidada que influyó en películas más reconocidas como “El día de los forajidos” (Andre De Toth, 1959) y, estoy seguro, hará las delicias de los aficionados al género.

Ver la película:



miércoles, 21 de junio de 2017

RÍO CONCHOS

Rio Conchos - 1964

Dirección: Gordon Douglas.
Guion: Joseph Landon y Clair Huffaker.

Intérpretes:
- Richard Boone: Comandante James Lassiter
- Stuart Whitman: Capitán Haven
- Anthony Franciosa: Rodríguez
- Jim Brown: Sargento Ben Franklyn
- Wende Wagner: Sally
- Edmond O’Brien: Coronel Theron Pardee
- Warner Anderson: Coronel Wagner
- Rodolfo Acosta: Bloodshirt

Música: Jerry Goldsmith.
Productora: Twentieth Century Fox (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“¿Desde cuándo prohíben los cinturones azules cazar a los apaches?” (James Lassiter al capitán Haven tras ser detenido por el asesinato de varios indios).



Gordon Douglas (1907-1993) fue uno de esos profesionales de Hollywood capaz de adaptarse a las convenciones de los distintos géneros cinematográficos y obtener productos de notable calidad como el thriller “Corazón de hielo”, protagonizada en 1950 por James Cagney, o el clásico de ciencia ficción “La humanidad en peligro” (1954); aunque fue el wéstern el género en el que quizás más destacó con títulos como “Solo el valiente” (1951), “Quince balas” (1958), “Emboscada” (1959), “Chuka” (1967) y, por supuesto, la película que nos ocupa, su wéstern más logrado.



ARGUMENTO: Dos años después del fin de la Guerra de Secesión, cuatro hombres (un ex oficial confederado, un capitán nordista, un mexicano y un sargento negro) se internan en territorio de México con la intención de recuperar una partida de rifles de repetición en poder de un antiguo coronel que no acepta la rendición del Sur y pretende reiniciar, con el apoyo de los apaches, el conflicto bélico.



Al igual que haría con la admirable “El detective” (1967), renovando el thriller al tratar temas como la corrupción generalizada o la homosexualidad y presentarnos a un policía que se anticipa a los protagonistas de este tipo de filmes durante la década siguiente, con “Río Conchos” Gordon Douglas, de la misma manera que Joseph Newman con la excelente “Fort Masacre” de 1958 (ya comentada en este blog), comenzó a modernizar el género cinematográfico por excelencia, mostrando cuál sería el camino del mismo a partir de mediados de los sesenta.



Debemos tener en cuenta que esta década supuso la pérdida de la inocencia por parte de la sociedad norteamericana que comenzó a percibir, a través de corrientes contestatarias como los movimientos hippie y racial o acontecimientos de la envergadura del asesinato del presidente Kennedy (1963) y la intervención en la Guerra del Vietnam, como se tambaleaban principios básicos de su forma de vida hasta ese momento no cuestionados.



Como consecuencia de ello quedó obsoleta la visión idealizada de la conquista del Oeste proporcionada por los directores clásicos, aunque esta corriente siguió estando presente durante la década en realizadores como Hawks o Hathaway, así como de los héroes que la protagonizaron.










“Río Conchos” es, por tanto, fiel reflejo de su época y nos va a mostrar un Far-West más realista habitado por personajes alejados del prototipo del héroe clásico. Así, nos encontramos con James Lassiter, un hombre de honor pero trastornado hasta el desgarramiento interno por el asesinato de su mujer e hijo a manos de los apaches, a los que profesa un odio visceral y se dedica a asesinar. Es un muerto en vida para el que la misión supondrá una razón para sobrevivir además de poder saciar su sed de venganza. Un personaje muy interesante, sin duda centro de la película, que eclipsa al resto de compañeros, gracias también a la portentosa interpretación de Richard Boone, y cuyos antecedentes los podemos encontrar en el Ethan Edwards de “Centauros del desierto” (John Ford, 1956) y en el sargento Vinson de la mencionada “Fort Massacre”. El capitán Haven, encarnado por Stuart Whitman quizás el más flojo de todos los intérpretes, que persigue restituir el honor perdido puesto que era él el oficial al mando del destacamento al que robaron las armas, además de presentárnoslo como un soldado ambicioso que ve la oportunidad de un ascenso con la empresa que emprende (las alusiones son constante, sobre todo por parte de Lassiter). Rodríguez, al que da vida en una gran composición Tony Franciosa, un vividor, mujeriego, bebedor y jugador tan sólo fiel a sí mismo que intentará obtener el mayor rédito económico a su aventura. El sargento Franklyn, encarnado por el gran jugador de futbol americano y posterior estrella del cine blaxpoitation Jim Brown en su debut en la gran pantalla, quizás el personaje más cercano al héroe clásico al actuar motivado por su deber como soldado y mostrarse el más humano del grupo. Y junto a ellos la figura de Theron Pardee, al que dio vida Edmond O’Brien, un megalómano oficial sudista que se resiste a la rendición y pretende volver a encender la mecha del conflicto armado; aunque su plan se rebelará tan artificial como la gran hacienda que preside el río Conchos.
De una lectura profunda del filme otras dos cuestiones han suscitado mi interés:



El tema del racismo, muy presente en la película. Así no es casualidad que el cuarteto principal esté configurado por dos anglosajones, un mexicano y un negro, al que se unirá una india apache; planteándose a lo largo del filme el necesario entendimiento entre las distintas razas, e incluso al final se apuntará una posible relación entre la apache y uno de los personajes. Por otra parte, la escena del enfrentamiento en la cantina al negarse el dueño a servir a Franklyn por ser negro es una clara alusión a la Ley de Derechos Civiles, aprobada en julio de 1964, que puso fin a la segregación racial en los EEUU.



Las veladas referencias a la política exterior estadounidense con la creciente proliferación de asesores en el continente americano y sobre todo en Vietnam, tras autorizar el presidente Johnson en agosto de 1964 (Resolución del Golfo de Tonkín) que los asesores militares pudieran realizar acciones militares fuera de sus bases. Respecto a esta cuestión el filme presentaría semejanzas con  “Mayor Dundee” (1965, Sam Peckinpah) que fue entendida por parte de la crítica cinematográfica como una alegoría de la intervención estadounidense en el conflicto asiático.



No obstante, si hacemos abstracción de las consideraciones anteriores, la película se puede disfrutar como una gran cinta de aventuras perfectamente rodada por Douglas en la que los protagonistas vivirán su personal descenso a los infiernos, un viaje a la locura, a un mundo sin civilizar presidido por la barbarie y en el que impera la ley del más fuerte. De ahí que el director no sólo incremente la violencia sino que la aborda con mayor crudeza; así el filme se inicia con una gran e impactante secuencia en la que Lassiter acaba a sangre fría con varios indios inermes, y a esta le suceden, por ejemplo, la del rancho en el que encuentran a una mujer ultrajada y agonizante que culmina con un enfrentamiento brutal con los apaches (magnífica escena estupendamente rodada), o la de la tortura de los principales personajes. Violencia que, de nuevo, anuncia el devenir del wéstern norteamericano.



A la perfecta labor de Douglas hay que sumar el trabajo de grandes profesionales como Clair Huffaker, escritor y guionista, que curiosamente había abordado esta cuestión aunque con un tono diferente en “Los comancheros” (1961); Joseph McDonald como director de fotografía; y, sobre todo, Jerry Goldsmith que compuso una gran banda sonora en cuyo tema principal, como también haría Morricone para los filmes de Sergio Leone, introdujo el sonido de un látigo.



“Río Conchos”, un filme fundamental en el desarrollo del wéstern norteamericano que, a mi entender, no cuenta con el reconocimiento que merece por lo que es urgente su reivindicación.

TRAILER:


miércoles, 31 de mayo de 2017

CUARENTA PISTOLAS

Forty Guns - 1957

Dirección: Samuel Fuller
Guion: Samuel Fuller
 

Intértretes:
- Barbara Stanwyck: Jessica Drummond
- Barry Sullivan: Griff Bonnell
- Dean Jagger: Sheriff Ned Logan
- John Ericson: Brockie Drummond
- Gene Barry: Wes Bonnell
- Richard Dix: Chico Bonnell
- Hank Worden: Marshall John Chisum
 

Música: Harry Sukman.
Productora: Globe Enterprises, Twentieth Century Fox

País: Estados Unidos

Por Jesús Cendón. NOTA: 8


“A veces hay que descargar la tensión” “Si no sabes montar un caballo sin espuelas, no puedes cabalgar. Dame tus armas” (Conversación entre Brokie Drummond y su hermana Jessica).



Sam Fuller (1912-1997) estaba en un gran momento tras haber rodado importantes filmes tanto en el género bélico (“Casco de acero” y “A bayoneta calada”, ambas de 1951) como en el noir (“Manos peligrosas” de 1953 y “La casa de bambú” de 1955), cuando en 1957 decidió regresar al género con el que comenzó su carrera cinematográfica. Así en este año abordó dos westerns muy diferentes: la antirracista “Yuma” y la película que nos ocupa que, producida a través de su recién creada compañía Globe Enterprises, se convirtió en uno de los wésterns más personales en el que, al igual que hiciera Nicholas Ray en “Johnny Guitar” (1954), subvirtió el papel de la mujer en este género al presentarnos a una Jessica Drummond, estupenda Barbara Stanwyck, como una gran terrateniente dueña de haciendas y personas; un papel reservado generalmente a protagonistas masculinos.


ARGUMENTO: Griff Bonnell, un agente federal, se traslada a un pueblo del condado de Cochise controlado por Jessica Drummond con el objeto de reestablecer la paz y el orden. Pronto surgirá una fuerte atracción entre el agente y la poderosa ranchera.



Estamos ante un wéstern de autor convertido en película de culto. Un filme vigoroso y anticonvencional en el que Fuller dio rienda suelta a su capacidad creativa, apreciable desde su inicio con la presentación de Jessica Drummond vestida de negro a galope sobre un caballo blanco y acompañada de sus cuarenta hombres (las pistolas a las que alude el título) en el que el director utiliza sabiamente tanto el cinemascope como la grúa y nos aporta planos de gran originalidad como aquellos tomados al situar la cámara debajo de la carreta. A continuación nos muestra la llegada al pueblo de Griff y sus hermanos para en la siguiente escena obsequiarnos con un doble travelling hacia adelante y hacia atrás que culmina con la utilización de la cámara subjetiva con el objeto de que conozcamos las deficiencias en la visión de un personaje. Cinco minutos apabullantes que marcan cómo será la dirección de la película: excelentes planos secuencia; abundantes y larguísimos travellings (extraordinario el del comedor de la casa de Jessica, para la que recuperó la famosa hacienda Tara de “Lo que el viento se llevó”); perfecta utilización de la grúa; planos originalísimos como aquel en el que sitúa la cámara en el interior del cañón de un rifle, que sería popularizado por los títulos de crédito de la serie James Bond; maravillosas panorámicas junto con planos detalle de los ojos o de las piernas de los protagonistas; picados y contrapicados extremos, cuyo máximo exponente es la escena del intento de atentado contra Griff; etcétera.



 

Pero no se trata de un ejercicio de estilo vacío sino que se pone al servicio de una historia, escrita por el propio Fuller, de una mayor complejidad y profundidad de lo que en principio podría parecer y  a través de la cual aborda temas como:



-    La corrupción institucional representada fundamentalmente por el sheriff Logan, estupendamente interpretado por el veterano actor Dean Jagger. Un individuo capaz de envilecerse por amor a Jessica (llega a permitir que sea asesinado un preso en su cárcel) y que no soportará el trato igualitario recibido por esta. Al mismo tiempo hay constantes referencias a los contactos de la terrateniente con cargos políticos, mostrándose de esta forma el poder del gran capital sobre la política, y a la apropiación de impuestos de la población de Cochise por parte de Jessica.



-    El ejercicio despótico del poder, llevado a cabo por la señora Drummond a través de sus cuarenta hombres que tienen atemorizado al condado. Fuller equipara, en esta ocasión, fuerza a poder.



-    La legitimación de la violencia representada en el personaje de Griff Bonnell, un agente con “licencia para matar”. Es un hombre harto de su vida como le confiesa a Jessica al afirmar: “Sabes por qué odio las peleas, porque nunca fallo”. No obstante se dejará llevar por su odio y no dudará en disparar sobre Jessica, a la que utilizaba un personaje como escudo, para después, y una vez que este estaba desarmado, ejecutarlo a sangre fría. Actitud impensable en un héroe clásico que anticipa las corrientes venideras en el wéstern.



-    El fin de una era y con ella de una forma de vida. Hecho del que son conscientes tanto Jessica como Griff. Su tiempo se les escapa de las manos y sus respectivos mundos se desmoronan. Fuller lleva a cabo una mirada nostálgica a un mundo que se acaba, perfectamente resumido por Jessica al hablar de la última frontera y señalar que: “No hay más ciudades que pacificar, ni hombres que detener”.



-    El sexo como estímulo de las conductas. Así, Brockie Drummond, hermano pequeño de Jessica, es un individuo despreciable que se protegerá hasta el final tras su hermana y aprovechará su situación privilegiada para obtener los favores de las mujeres a las que luego no tendrá escrúpulos para abandonar. Mientras que Jessica y Griff desde el inicio se sentirán atraídos mutuamente y vivirán un apasionado romance que marcará sus vidas. Pasión amorosa simbolizada magistralmente en un tornado al que le sucederá la calma en una gran escena situada en una cabaña. El guion cuenta además con extraordinarios diálogos en los que las connotaciones sexuales están muy presentes, como el que he destacado al inicio de la reseña o el que sostienen Jessica y Griff: “No me interesa usted señor Bonnell, sino su pistola ¿Puedo cogerla?” pregunta Jessica, a lo que este responde “No”. “Es simple curiosidad” insiste, y Griff  le advierte “Podría estallarle en la cara”. “Me arriesgaré”, termina objetando la primera.



-    El amor como elemento redentor. Sólo a través de él los dos personajes principales podrán redimirse de sus vidas pasadas; aunque será Jessica quien se mostrará superior moralmente a Griff ya que será capaz de perdonar. Respecto a esta cuestión el agente de la ley llega a afirmar: “No soy un gran hombre. Hay que serlo para perdonar”.



Quizás la principal limitación del filme pueda achacarse a su protagonista, ya que Barry Sullivan carecía del carisma y de los recursos interpretativos tanto para dar vida al complejo agente de la ley, como para enfrentarse a una actriz con la personalidad de Barbara Stanwyck.



Película, por tanto, compleja y ruda en la que Fuller muestra una violencia seca, sin ningún tipo de efectismo y responde a la definición que dio de un filme durante el rodaje de “Pierrot el loco”: “Una batalla. Amor, odio, acción, violencia y muerte. En una palabra emoción”; porque todo eso es “40 pistolas”.