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jueves, 13 de julio de 2017

BANDIDO

(Bandido -1956)

Dirección: Richard Fleischer
Guion: Earl Felton

Reparto:
- Robert Mitchum: Wilson
- Ursula Thiess: Lisa Kennedy
- Gilbert Roland: Colonel José Escobar
- Zachary Scott: Kennedy
- José Torvay: Gonzalez
- Rodolfo Acosta: Sebastian

Música: Max Steiner

Productora: D.R.M. Productions (EE.UU.-México).

Por Lluís Nasarre. NOTA 8,5

Escobar (refiriéndose a Wilson): "No está loco. Es un águila descalza" 


Normalmente, el western comporta espacios abiertos, grandes llanuras y el anhelo de alcanzar ese (constante) punto que se vislumbra en el horizonte y que significa libertad. Evolucionando los años y los títulos dentro del género, algunos, con esos modos “marcados a fuego” en la grupa de su montura, “han jugado” a acotar espacios en su dramaturgia para ahogar sentimientos, de manera que, todos los que intervienen en ese instante enclaustrado, hagan aflorar y percutir sus demonios interiores en beneficio de la historia, con el bien entendido, que tras la puerta o la ventana les espera “como techo, un cielo lleno de estrellas”. Sin embargo, el movimiento se hace andando, y en otra vuelta de tuerca dramática, también se añadirá al western el concepto “frontera”. Estar a un lado u otro (o en el filo). Llevar a cabo acciones en una banda del Rio Grande porque en la otra no se permiten o bien, cruzar el límite para alcanzar ese (vital) sentido a libertad vedado unas millas más atrás. ¿Grupo salvaje?



En 1954 el habitual colaborador de Anthony Mann, Borden Chase escribió una historia, que adaptada por James R. Webb y Roland Kibbee, Robert Aldrich inmortalizó en celuloide. La descarada e insolente Vera cruz. Para esa ocasión, la virtud de Aldrich fue la de dinamitar algunos códigos genéricos clásicos, confiriendo a su historia una enorme vivacidad y ligereza independientemente de la oscuridad de los personajes y/o el entorno a desarrollar. Ese estupendo enfoque, entre otras cosas, sirvió para abrir la puerta a otros senderos, de manera que, y parafraseando al poeta Paul Eluard “hay otros mundos, pero están en este”. Pues bien, dos años después, Earl Enton, guionista transitador del noir y habitual colaborador de Richard Fleischer, tras aunar esfuerzos en la maravillosa 20.000 leguas de viaje submarino, guioniza una historia propia para trasladarla al cine. Y esto es Bandido.



Algunas fuentes, refieren que Robert Mitchum, que protagonizaría el film, colaboraría en labores de guión. Un hecho éste que si esta vez sirve como anécdota, dos años después habría de convertirse en realidad, al escribir el actor la historia de la interesante Camino de odio. Sin embargo, mi intención ahora pasa por detenerme en Bandido, que co-escrito (o no) en mayor medida por Robert Mitchum, considero que en su ínterin, contiene los suficientes y significativos puntos como para asociarlos perfectamente a la particular idiosincrasia del actor.


Además…para entendernos, Bandido es un western (si podemos denominarlo de ese modo) de la corriente de ¡Agáchate, maldito! Y su referencia anterior a Vera Cruz, de la misma forma que a la película de Leone, no es gratuita en absoluto. En esta ocasión, acompañaremos a Wilson, uno de esos aventureros americanos que en plena guerra civil mexicana, allá por 1916, traspasa la frontera dispuesto a probar fortuna haciendo negocios en conflictos ajenos. Conflictos que tendrán que ver con su relación con el insurrecto Escobar desbaratando los negocios de Kennedy (personaje de idéntica catadura a Wilson), el cual, pretende vender un cargamento de armas al opresor ejército mexicano. Tal empresa no tiene otra finalidad que el lucro personal del propio Wilson y el aprovisionamiento armado de los “pobres” revolucionarios.


Sin embargo, esto es Hollywood y Kennedy tiene… una preciosa esposa, la cual no está mucho por la labor de su marido.


Tras unos créditos similares a los de Vera Cruz, incluida esa nota introductoria que en este caso apunta…”en ciertos lugares fronterizos pasaron unos pocos imprudentes al sur del país…aventureros, tontos y cazadores de fortuna”…el film arranca con un plano secuencia confrontando por un lado a la cantidad de mexicanos que intentan entrar en EEUU con, por el otro, al matrimonio Kennedy llegando a México, siendo alertados por el representante americano de que están accediendo a zona de guerra y que deberían desistir de ese viaje, ya que desde ese instante, él poco podrá hacer por ellos. Kennedy, socarrón le pregunta a su esposa si se ha olvidado de algo a lo que ella responde: “el sentido común nada más”. De este modo Richard Fleischer inicia su relato. Directo. Frontal. Y al corazón del conflicto como solía hacer en los concisos noir del inicio de su carrera. No nos ha de extrañar por tanto que, la aparición de Mitchum, tampoco se haga esperar. Le conoceremos al mismo tiempo que descubriremos, con él, de las desavenencias del matrimonio Kennedy. Provocando que a partir de ese instante, el espectador y Mitchum seremos adláteres.


Lo curioso de un film como Bandido es que de primeras no nos plantea nada que sea novedoso ni tan sólo apasionante. El realismo de su retrato está a años luz de lo que posteriormente reflejará Sam Peckinpah en sus películas. No obstante, será su modo de encararlo mediante unas composiciones escénicas horizontales que proporcionan una gran fisicidad y belleza visual, lo que convierte al film, en un “espectáculo” cinematográfico de primer orden. De ahí que, Sergio Corbucci, para Salario para matar y Los compañeros seguramente lo tuviera presente del mismo modo que a ¡Agáchate, maldito! Porque, al igual que en estas películas, de lo que no podemos sustraernos es del atractivo dinamismo que tiene el relato de Fleischer con la revolución mexicana como excusa o telón de fondo. Aldrich en Vera Cruz y Elia Kazan con Viva Zapata, por poner dos ejemplos de la misma época y en idéntico escenario, añadieron a la columna vertebral de sus historias unas connotaciones ideológicas de las que carece (por voluntad propia) la película de Fleischer. Emiliano Zapata y el Ben Trane de Aldrich, tienen unas convicciones y un pasado que se reflejan perfectamente en sus films condicionando su comportamiento. Por el contario, de Wilson, como del posterior (anti)héroe del spaghetti western apenas conocemos nada…”encenderé una vela por Ud.,…gracias, he corrido muchos riesgos en mi vida y nadie ha rezado por mi”…sólo nos importará el presente y su letal…proceder. De hecho, cuando conoce a Escobar este le llama Alacrán por su picadura venenosa…”una sola y (santiguándose)…Amén”. El mexicano (encarnado con su aplomo característico por Gilbert Roland) rápidamente ve en él, ese aire peligroso del profesional a sueldo. El mercenario pendenciero e inteligente que necesita para su (imposible) causa. Ya se lo dice a su segundo en el mando. “Es un águila descalza”. Definición utilizada por los mexicanos para describir a un ser solitario y que a pesar de estar desarmado, es rápido y expeditivo para resolver los problemas. Pero los problemas de los demás. Wilson no tiene problemas…los soluciona sin importarle nada…”no hay ninguna diferencia entre una causa perdida y un perro muerto. Los dos saben lo mismo”…No obstante, Wilson no cuenta en sus planes, con la aparición de la mujer. Y ello le comporta que tome partido por un bando. Algo que parece ser no es su forma de hacer. Y como quiere llamar la atención de ella, tras una conversación con Escobar, transmuta y el concepto moralidad va cobrando forma en el relato y en su proceder. Es una evidencia que ese requiebro no está desarrollado de la mejor forma por el libreto de Enton. Pero la presencia de Mitchum, amortigua la debilidad del cambio de rumbo. Por obra y gracia del destino pasa de aventurero, a cazador de fortuna y posiblemente tonto. Su aire conquistador, su languidez...”estaba con los rebeldes antes de que me cayera arena en los ojos”…una manera como cualquier otra, para decir que algo ha torcido su visión y…sus intereses. Tras eso, en el vividor aflora su (desconocido) sino de héroe poniendo su corazón al lado de los débiles, aunque ello le comporte quedarse sin dinero.


Con el mismo operador de Vera Cruz, Ernest Laszlo, en Bandido somos espectadores de bellas imágenes que combinan épica y lirismo. Combinación indispensable para la aventura e indisociables de las películas de su director, ahí están Los vikingos o la adaptación de Verne para demostrarlo. Las escenas de acción, con Wilson lanzando granadas desde su hotel mientras bebe whisky; el robo del tren o el montaje de la emocionante escena del final con las lanchas que contienen las armas, mientras los hombres de Escobar se acercan a la playa y van a ser presa de una emboscada, se conjugan perfectamente con algunas de transición, perfectamente integradas en el núcleo de la narración, ya sea por lo acerado de sus diálogos o por su puesta en escena, como esa en la que Wilson volverá a encontrarse con Escobar tras su fracaso y un cortejo fúnebre pasa entre ellos como prefacio …”nunca he esperado el afecto de las balas”…o el momento de la playa entre los amantes que nos retrotrae tímidamente a la memoria De aquí a la eternidad o El rostro impenetrable.



Como apunto, Bandido debe el éxito de su propuesta a la habilidad de Richard Fleischer. De la nada saca una estupenda película de aventuras con canon de western acerca de un tipo para el que la guerra no es más que una aventura que debe darle “buenos pesos”, además divertirle y ya puestos…enamorarlo.


Con idénticas y primigenias intenciones, Robert Mitchum habría de volver a México con la procaz La ira de Dios.


VER LA PELÍCULA


jueves, 30 de marzo de 2017

MURIERON CON LAS BOTAS PUESTAS

(They died with their boots on - 1941)

Director: Raoul Walsh
Guion: Wally Kline y Aeneas McKenzie

Intérpretes:
Errol Flynn: George Armstrong Custer
Olivia de Havilland: Elizabeth Bacon
Arthur Kennedy: Ned Sharp
Charley Grapewin: California Joe
Gene Lockhart: Samuel Bacon
Anthony Quinn: Crazy Horse
John Litel: General Phil Sheridan
Sidney Greenstreet: Lt. General Winfield Scott
Hattie McDaniel: Callie

Música: Max Steiner
País: Estados Unidos
Productora: Warner Bross

Por Jesús Cendón. NOTA: 9,5

“Pasear a su lado por la vida fue muy agradable señora” (Custer despidiéndose de Elizabeth antes de encontrarse con su destino en Little Bighorn)


De las numerosas versiones rodadas sobre la vida del controvertido general Custer (en realidad coronel) y su muerte en la batalla de Little Bighorn (1876) enfrentado a los sioux de Toro Sentado y Caballo Loco, este filme es sin duda su mejor versión. Una auténtica obra maestra y el mejor wéstern filmado por Raoul Walsh, uno de los grandes clásicos del Hollywood dorado con una filmografía envidiable que, sólo en este género, nos legó obras del nivel de: “La gran jornada” (1930), “Perseguido” (1947), “Juntos hasta la muerte” (1949), “Camino de la horca” (1951), “Tambores lejanos” (1951) o “Los implacables” (1955), entre otras.


ARGUMENTO: Biografía del general Custer (1839-1876) desde su ingreso en West Point, pasando por su participación en la Guerra de Secesión o su enfrentamiento con el gobierno, hasta su muerte en la batalla de Little Bighorn.


La película fue abordada por la poderosa Warner Bross como una gran superproducción en la que se presentaba al coronel Custer como un hombre arrogante, extravagante, indisciplinado e individualista pero a la vez consciente de su propio destino y, por tanto, capaz de sacrificarse por el bien común con el objeto de evitar una catástrofe mayor y favorecer el avance de esa sociedad que en un momento dado lo rechazó. Es el prototipo de héroe norteamericano que el filme se propone mitificar porque toda nación necesita de sus héroes míticos para explicar su pasado en forma de leyendas.


Así, si otros países cuentan, por ejemplo, con El Cid (El Cantar del mío Cid, España), Roldán (La Canción de Rolando, Francia) o Sigfrido (El Cantar de los Nibelungos, Alemania), los Estados Unidos, dado el escaso período de tiempo transcurrido desde su constitución, tuvieron que mirar a su pasado más cercano para encontrar a dichos mitos surgiendo, de este modo, entre otras figuras las de Daniel Boone, Davy Crockett, Búfalo Bill o el general Custer. Y fue el cine, al igual que antaño había sido la tradición oral o la escritura, el encargado de difundir las hazañas heroicas de estos personajes y crear un pasado legendario, en el que la fábula sustituye a la, muchas veces, prosaica realidad.


¿Y qué significa para mí la película? Hay filmes que llevas contigo como si te los hubieran grabado en el cerebro con un hierro candente, y este es uno de ellos. Hablar de “Murieron con las botas puestas” es recordar la televisión en blanco y negro, las tardes de sábado con películas maravillosas que disfrutabas por primera vez, al Séptimo de Caballería cabalgando al son de “Garry Owen”, la marcha militar más popular de todos los tiempos, y, sobre todo, es rescatar a un personaje inolvidable tan pendenciero como impulsivo e insubordinado pero valiente y respetuoso con los demás y, lo que es más importante, consigo mismo, y capaz de defender sus ideas hasta el final. Un personaje al que deseabas parecerte porque, sin tú saberlo, te estaba enseñando conceptos como la honradez y la dignidad. Por eso al plantearme la reseña temía tener demasiado mitificada a esta película.


Pero no, como he señalado al inicio me he reencontrado con ciento cuarenta minutos de cine en estado puro, una obra maestra, un filme al que se puede aplicar, sin duda, el apelativo de clásico, un fresco monumental que abarca aproximadamente veinte años de la historia de los EEUU en el que están perfectamente engarzados géneros como el de aventuras, la comedia, el bélico, el melodrama o el wéstern. Una cinta que cuenta con escenas imborrables como la soberbia despedida entre Custer y su mujer antes de ponerse al mando por última vez de su Séptimo de Caballería; sin duda una de las mejores secuencias de corte romántico jamás rodada, culminada con un sublime travelling mediante el cual vemos desmayarse a Elizabeth.


Una cinta con diálogos memorables como la conversación que mantienen el corrupto Sharp y Custer acerca de la diferencia entre la gloria y el dinero. Un filme que nos regala planos que han pasado por derecho propio a la historia del cine, como aquel en el que vemos a Custer, una vez exterminado su regimiento, esperar la última carga de los sioux al lado de la bandera y con el sable desenvainado aguardando “su encuentro con la gloria”. Un western narrado ejemplarmente y estructurado racionalmente en dos partes claramente diferenciadas:


- La primera corresponde a la juventud de Custer y narra su paso por la academia militar, su participación en la Guerra de Secesión y el encuentro con el amor de su vida. Tiene un tono más ligero y luminoso, y nos presenta a un Custer vanidoso, intrépido y valiente hasta la osadía, con escasa preparación táctica y cuyas victorias se basan en su arrojo personal. Un individuo casi invencible, en cuya vida el azar o la buena suerte jugarán un papel decisivo (se libró de ser expulsado de West Point por no haber firmado su ingreso y fue ascendido a general por un error burocrático).


- La segunda, centrada en su madurez, es más oscura y dramática, como si Walsh nos estuviera preparando para el trágico final, por otra parte, conocido. Nos encontramos con un decadente Custer, incapaz de adaptarse a la vida civil lo que le lleva a un incipiente alcoholismo, crítico con la burocracia y la política del gobierno y que, finalmente, aceptará su sacrificio como mal menor; rindiendo el último servicio a su país una vez muerto.


Además el filme supuso la última de las ocho colaboraciones entre Errol Flynn y Olivia de Havilland (hermana de Joan Fontaine), una de las parejas más fructíferas de la industria hollywoodiense con títulos en su haber tan emblemáticos como “El capitán Blood” (1935), “La carga de la Brigada Ligera” (1936) o “Robín de los bosques” (1938), todas ellas bajo la batuta de Michael Curtiz; y al mismo tiempo supuso el encuentro de Walsh con Flynn, que supo dotar al personaje de la vitalidad y dinamismo que requería. La pareja protagonista estuvo muy bien arropada por un excelente plantel de secundarios: Arthur Kennedy, destacando ya en papeles negativos, como Ned Sharp, antiguo camarada de Custer en West Point y representante de la corrupta y ávida clase empresarial; un joven Anthony Quinn, yerno de Cecil B. de Mille, en el rol de Caballo Loco, típico papel étnico que repitió hasta la saciedad al comienzo de su carrera; Sidney Greenstreet como el general Winfield Scott, uno de los escasos e inesperados apoyos de Custer en Washington; Charley Grapewin dando vida al veterano explorador California Joe; y Hattie McDaniel, repitiendo prácticamente el personaje de Mammy de “Lo que el viento se llevó”.


Por último, me gustaría rebatir en parte la acusación de racista, creo que injustificada y supongo realizada por personas que no la han visto, que durante mucho tiempo ha sufrido la película. Evidentemente la historia está contada desde el punto de vista de los colonizadores pero este hecho no significa que sea una cinta xenófoba. Todo lo contrario. A los indios se les trata con respeto, incluso el mayor Butler, un oficial de origen británico al servicio del Séptimo, sentencia que: “¿Qué se creen ustedes los yanquis? Los únicos verdaderos americanos son los que están al otro lado de la colina con plumas en la cabeza”. Los pieles rojas aparecen como seres honorables, víctimas de la voracidad de los desalmados hombres de negocios y de las decisiones erróneas del gobierno de Washington que, tras el falso descubrimiento de oro en las Black Hills, romperá el tratado de paz. Porque la película, por si algo le faltaba, dentro de su mensaje de exaltación patriótica (se rodó en plena Segunda Guerra Mundial) tiene además una fuerte carga política y en otra gran escena nos muestra de forma sencilla y lúcida cómo se inventan las guerras y quién está detrás de ellas, generalmente políticos corruptos y potentados desalmados y ávidos de más riqueza, que en este caso se inventarán la existencia de oro en unos territorios sagrados para los indios. A estos, engañados una vez más, no les quedará más remedio que declarar la guerra como única salida para defender su forma de vida y cultura. Esta traición a los verdaderos dueños del territorio es lo que llevará a Custer a afirmar que: “Si yo fuera un indio lucharía al lado de Caballo Loco hasta perder mi última gota de sangre”


Es verdad que se puede acusar a este monumental relato sobre la historia inmediata de los Estados Unidos (los acontecimientos habían ocurrido tan sólo sesenta y cinco años antes) de falsear en parte los hechos y la vida del general Custer, pero como nos advirtió John Ford: “Esto es el Oeste y cuando la leyenda se convierte en realidad, hay que publicar la leyenda”.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

CENTAUROS DEL DESIERTO



(The Searchers) - 1956

Director: John Ford
Guión: Frank S. Nugent 



Intérpretes:
-John Wayne: Ethan Edwards
-Jeffrey Hunter: Martin Pawley
-Vera Miles: Laurie Jorgensen
-Ward Bond: Reverendo/Capitán Samuel J. Clayton
-Harry Carey Jr.: Brad Jorgenssen
-Hank Worden: Moss Harper
-Henry Brandon: Cicatriz
-Natalie Wood: Debbie Edwards


Música: Max Steiner
Productora: Warner Bros
País: Estados Unidos


Por: Güido Maltese. Nota: 10

Ethan Edwards: "Algún día se convertirá en un agradable lugar para vivir, puede que hagan falta nuestros huesos como abono para que eso ocurra".

Estamos, en mi opinión, ante el mejor western de John Ford y uno de los mejores (para mí el mejor, sin duda) de la historia del Cine.
Es tal el respeto y admiración que me produce, que no sé cómo empezar ésta review (sobre todo, por que sé que debo acabarla en algún momento)
Ante todo, quiero dejar bien claro que lo expuesto no es más que mi modesta opinión de aficionado y admirador del género
Creo que lo mejor será dividir la película en partes y analizar cada una:

1.- INTRODUCCIÓN

Texas, 1868. El segundo mejor plano de la historia del western, en el que vemos a Martha Edwards abriendo la puerta de su casa desde dentro, con lo cual el contraluz producido por el sol y la claridad del árido paisaje la dejan totalmente a oscuras, para ver que un jinete se acerca, solitario, a lo lejos.... Su marido, Aarón, tambien sale al quicio y tras otear el horizonte nos revela quien está llegando -Ethan, es Ethan...y eso produce en Martha un cierto nerviosismo, quizas algún escalofrío...




Y, por fin, Ethan Edwards se detiene ante la casa y baja de su caballo, con su capote polvoriento y se acerca a la familia (Aaron es su hermano y Martha, su cuñada). Apretón de mano distraido a Aarón y sin dudar un sólo segundo, se lanza a saludar a Martha con un tierno beso en la frente. Ethan no ha pronunciado una sóla palabra, pero creemos entender que algo ocurre.... Martha, nerviosa, entra en casa y es seguida por los dos hermanos. Pronto, van apareciendo los tres hijos del matrimonio (Lucy, Debbie y Ben) y saludan a su tío con gran admiración, cómo si de una leyenda se tratase. Y tambien conocemos a Martin Pawley, un mestizo encontrado por Ethan cuando era un bebé y criado por Aarón y Martha cómo un hijo más. -Pareces medio-indio le dice con desprecio Ethan -y no me llames tío, yo no soy tu tío. Por fín, la conversación nos revela que Ethan Edwards se fué a la guerra a luchar contra los yanquis y ha vuelto a casa 3 años después de finalizada la contienda. Hay una cierta tensión entre los hermanos y a poco que nos esforcemos nos daremos cuenta de que la respuesta está en Martha....



Pero llega un destacamento de Voluntarios de Texas al mando del reverendo/capitán Clayton, viejo conocido de los Edwards y ex-combatiente por el Sur junto a Ethan.

-No te ví el día de la rendición, le dice a Ethan cómo saludo, lo que nos revela lo duro que fué para él perder la guerra.




Clayton ha venido a reclutar a Aarón y Martín para la milicia de voluntarios, pues unos indios han robado unas vacas en un rancho cercano propiedad de los Jorgenssen, cuyo hijo, Brad, corteja a Lucy Edwards. Ethan se ofrece a ir en lugar de su hermano y cuando Clayton pretende que jure lealtad a los Voluntarios de Texas la respuesta es rotunda:- Un hombre sólo puede jurar lealtad una vez y yo ya juré lealtad a los Estados Confederados. En esta escena tambien nos es presentado el viejo Moss Harper, compañero de fatigas de Clayton y Edwards, un poco loco por tanta guerra y luchas con los indios (su pasión es sentarse en la mecedora de Martha).




Mientras todos se acaban el café y se preparan para iniciar la marcha, el reverendo Clayton se fija en Martha preparando el capote de Ethan. Lo abraza tiernamente y lo huele mientras lo acaricia dulcemente. Ya sabemos que Martha y Ethan se amaron (y se aman aún) en silencio y cada uno por su lado.



Por fin, el grupo de hombres se pone en marcha tras la pista de los indios, sin saber muy bien si serán Kiowas o Wichitas. Pero el viejo Moss está convencido de que son comanches, cosa que nadie toma en serio excepto Ethan... Al poco tiempo, descubren que el robo de ganado era una treta de los comanches para alejarlos de los ranchos y atacarlos y saquearlos facilmente. Clayton decide ir camino del rancho Jorgenssen que es el más cercano y Ethan, Moss y Martin se dirigirán al rancho Edwards. Cuando llegan, es demasiado tarde: Aarón, Martha y Ben han sido salvajemente asesinados y Lucy y Debbie llevadas cómo prisioneras.

En esta primera parte, me gustaría hacer algunos apuntes:

- Ya he comentado ése plano inicial y maravilloso que es la primera escena de la película y que para mí es el segundo mejor plano del western.

- La manera en que Ford nos hace ver el amor que siente Ethan por Martha. Sin una sola palabra y solamente con gestos y miradas deja muy evidente ése amor, sobre todo por parte de Ethan, aunque la evidencia viene del lado de Martha cuando abraza el capote.

- La aparición de Clayton, en otra magistral interpretación de Ward Bond. La importancia que daba Ford a los secundarios es, aquí, muy intensa. El protagonista, Wayne, pierde ése protagonismo durante un momento, en el que Bond es dueño y señor de toda la escena. Sublime!!!

- La escena en que la familia Edwards se prepara, por que saben que los indios están ahí, en la oscuridad. El interior de la casa totalmente rojo, debido al ocaso del sol. pero preludio de que pronto ése rojo será sangre. Estos detalles son los que hacen grande a Ford y, en especial, a ésta película.



- La primera aparición de Cicatriz. Los Edwards han sacado a Debbie por una ventana para que se esconda en el jardín/cementerio familiar y, en el momento en que la niña se apoya contra una lápida, una sombra se cierne amenazante oscureciendo el plano para, seguidamente, mostrarnos el rostro de Cicatriz: pétreo, fiero, despiadado, sediento de sangre. Llevándose un cuerno de bisonte a la boca y soplando para dar inicio a la matanza. Otra genialidad!!. Por cierto, Ford se cuida de no mostrarnos en ningún momento la matanza de los indios. Supongo que esto sería debido al respeto que sentía por ellos...

- Y, por último, otra escena memorable: cuando se dan cuenta del engaño de los comanches y Clayton con el grueso del grupo deciden ir primero a casa de los Jorgenssen, Martin Pawley mira a Ethan y Moss esperando que estos monten para ir hacia el rancho Edwards. Pero Ethan dice, -estos caballos necesitan descanso y pienso- y se pone a desensillar su caballo imitado por Moss. Loco de furia, Martin espolea el suyo en dirección al rancho, mientras se nos muestra un primer plano de Ethan con la amargura del que sabe la verdad. En la siguiente escena vemos a Martin a pie (su caballo a reventado) adelantado por Ethan y Moss en dirección al rancho en llamas y desoyendo los gritos de Martin para que le lleven a grupas.



2.- PRIMERA CACERÍA

El grupo de voluntarios de Texas, al que se unen Ethan y Martín, decide dar caza a los comanches de Cicatriz y liberar a las dos chicas. Tras un tiroteo con los indios en el río, Clayton decide dar por terminada la persecución. Ethan no abandona y, a regañadientes, acepta que Martin y Brad Jorgenssen (recordemos que era el novio de Lucy) le acompañen. Los tres hombres continúan la cacería con ahínco pero sin éxito. Descubren, por la huellas, que 4 comanches se han separado del grupo principal y Ethan se adelanta para explorar hacia dónde se dirigen. Al poco tiempo regresa y Martín se da cuenta que no lleva su capote -Debí de perderlo ahí arriba, contesta tajante.



Por fin, divisan el campamento de Cicatriz y Brad se adelanta para reconocer el terreno. Vuelve muy excitado, pues ha visto a Lucy. -Esa no era Lucy, has creido ver algo que no existía- le dice Ethan.

Ante la insistencia del muchacho, Ethan acaba por decir: -A Lucy la envolví en mi capote y la enterré con mis propias manos. Loco de ira, Brad sale corriendo hacia el campamento comanche y muere acribillado, mientras Ethan sujeta a Martín para impedirle que vaya tras Brad y corra su misma suerte. Un año después, los dos hombres llegan al rancho de los Jorgenssen....-hemos fracasado, admítalo Ethan- le dice Martín. -No muchacho, aun no he acabado- -el indio no entiende que se persiga algo tanto tiempo y tarde o temprano encontraré a Debbie-




Apuntes:

- Ford vuelve a enfrentar Clayton y a Ethan o, mejor dicho, a Wayne y a Bond en un suculento duelo de interpretaciones con la excusa de que los personajes pugnen por la jefatura del grupo de voluntarios. La férrea y dura interpretación de Wayne contra el dicharachero y entrañable recital de Ward Bond. Recordemos al capitán Kirby York y al sargento mayor Quincannon. Para mí uno de los aciertos de Ford, era la gran importancia de los secundarios en sus películas y esa manera de entrelazar al secundario "serio" (en éste caso es Jeffrey Hunter) con el secundario bonachón y parlanchín y, casi siempre, irlandés y bebedor (en éste caso Ward Bond).

- Exquisita la manera de contarnos la muerte de Lucy, sin mostrar una sóla imagen desagradable o violenta. Sin embargo, sabemos que cuatro comanches se la han llevado para violarla y mutilarla antes de matarla. Lo mismo ocurre con Brad, muerto a tiros y no hemos visto una sola gota de sangre. Otra de las "delicatessen" del Maestro Ford...



- Cuando descubren a un indio enterrado (supuestamente muerto en el camino y enterrado por su tribu), Brad le tira una piedra en la cabeza para desahogar su rabia. Ethan se acerca y le dice -si lo haces, hazlo bien- y dispara dos veces sobre el cadáver del indio. Averiguamos por Clayton, que ha disparado a los ojos del muerto -los indios sin ojos no podrán ir a su paraíso, vagarán eternamente- sentencia Ethan. Ya habíamos deducido el odio de Edwards hacia los indios y se nos confirma en esta escena y en el tiroteo en el río: cuando los indios se retiran, sigue disparando y matando por la espalda sin compasión. Cuando Clayton le dice que no es necesario, se aparta violentamente y sigue descargando el rifle. Ya podemos confirmar el odio que anida en Ethan Edwards.

3.- ENTREACTO 1

Ha pasado un año cuando Ethan y Martin vuelven al rancho de los Jorgenssen para descansar e intentar averiguar algo sobre el paradero de la tribu de Cicatriz.



Así, conocemos a Laurie y vemos que entre ella y Martin hay más que amistad. Lars Jorgenssen informa a Ethan sobre un encargado de un almacén en una reserva india, que dice tener pruebas de que Debbie sigue viva y que hablará a cambio de los 1.000$ de recompensa que ofrece Edwards. En cuanto Ethan recibe esta información, decide reiniciar la cacería.

Apuntes:

- El director, cómo suele ser habitual en él, se centra ahora en la familia, en la unidad familiar y en los lazos afectivos entre los personajes. Nos introduce nuevos personajes y nuevas situaciones, nos aleja por unos instantes de la tensión, la violencia y el odio.



- Entra en juego el amor pero levemente, sin agobiarnos con besos apasionados, conversaciones eternas y absurdas y sin pasarse de la raya en el protagonismo de Vera Miles.

- Con esto, Ford consigue que el espectador también sea parte del "descanso del guerrero", que se abstraiga por un momento del argumento principal de la película. Pero todo esto es tan sutil, tan comedido....mientras las escenas entre Laurie y Martin dejan entrever una pizca de humor y alegría, las escenas de Ethan conversando con Lars, nos recuerdan que nada ha concluido: ni la persecución, ni el odio, ni la violencia.

4:- SEGUNDA CACERÍA




Ethan y Martin prosiguen su incansable búsqueda.... llegan a la reserva y hablan con Futterman el cual, efectivamente, tiene un trozo de tejido que podría ser de Debbie. Pide sus 1.000$, pero Ethan deja claro que cobrará cuando la chica aparezca. Futterman intenta emboscarlos por la noche para robarles, pero Ethan acaba con él y con sus secuaces utilizando a Martin de cebo. Continuan la búsqueda varios años, hasta que al fin consiguen dar con la tribu de Cicatriz y con Debbie, la cual ha crecido y ahora es medio india. Ethan loco de odio intenta matarla -ya no es tu hermana, Martin, ahora es una comanche- pero Martin lo impide y Cicatriz vuelve a escabullirse llevando consigo a Debbie...




Apuntes:

- En esta parte destacaría, sobre todo, la aparición del 7º de Caballería. Y creo que es en claro homenaje a su trilogía (Fort Apache, La Legión Invencible y Río Grande),
pues es una aparición un poco forzada y sin ser determinante ni imprescindible en el desarrollo de la película.

-Otra genialidad: la mayoría de lo que va ocurriendo en estos años nos lo va contando Laurie a través de las cartas de Martin el cual le va explicando todo los que les va sucediendo y Laurie al leérselo a sus padres se lo transmite al espectador....

- Ford sigue mostrándonos el odio de Ethan cuando mata bisontes a diestro y siniestro sólo por quitarle alimento al indio. Y por fin, el cenit de ese odio llega cuando intenta acabar con la vida de Debbie. Y todo ése odio es por que le han arrebatado a Martha, al amor de su vida (por lo menos así lo interpreto yo)



4.- ENTREACTO 2

Ethan y Martin vuelven de nuevo al rancho de los Jorgenssen. Y llegan justo la noche de la boda de Laurie con Charlie McCorry, el cartero que traia la correspondencia de Martin y se sentaba con la familia Jorgenssen a escuchar su lectura. Vuelven a aparecer Clayton (esta vez de reverendo para oficiar la boda) y Moss Harper. Por supuesto, la boda no llega a celebrarse, pues Laurie está enamorada de Martin. En medio de la pelea entre Charlie y Martin, aparece un joven teniente para pedir ayuda a los voluntarios de Texas. Han encontrado y cercado a Cicatriz y su tribu.....




Apuntes:

- De nuevo, Ford nos traslada al ambiente familiar, a la amistad, al humor. Ward Bond vuelve a eclipsar a los que le rodean y los personajes secundarios (el matrimonio Jorgenssen, Laurie, Charlie McCorry, etc...) toman el relevo de Wayne, aunque sin apartarlo en ningún momento de la trama.

- También se nos muestra otra de las debilidades de Ford: la importancia de la mujer en la familia, su complicidad con los hombres de la misma. La señora Jorgenssen animando en la pelea, dando puñetazos al aire, esquivando. El reverendo empujándola dentro de la casa y ella apareciendo por una ventana para seguir disfrutando de la pelea. Toda esta escena recuerda bastante a "El hombre tranquilo", muy irlandesa y entrañable.


5.- EPÍLOGO

El poblado comanche es rodeado por los voluntarios al mando de Clayton, esperando la llegada de la caballería. Pero Clayton decide no esperar y atacar lo antes posible.

Los comanches son arrasados y Debbie, al ver a Ethan, echa a correr para que éste no la mate. Martín intenta detenerle sin éxito... cuando Ethan llega hasta ella amenazante en vez de matarla la coge en sus brazos, la alza y la abraza. Todo ha terminado...Los Jorgenssen, Laurie, Martin, Debbie entran en la casa mientras Ethan se aleja a pie hacia su caballo encuadrado en el mejor plano de la historia del western y uno de los mejores que ha dado el Cine.




Apuntes:

- En esta ocasión John Ford sí nos muestra el ataque de los blancos al poblado indio. Cuando menos, es curioso su respeto y admiración hacia los indios americanos. Siendo Cicatriz el "malo" de la película, en ningún momento generaliza esa maldad hacia el resto del pueblo indio.

- La semejanza entre Ethan y Cicatriz: ambos en busca de venganza, llenos de odio por los seres queridos asesinados (los hijos de Cicatriz han muerto a manos de los blancos). En realidad son dos personajes paralelos; dos almas errantes en busca de venganza y sin un sitio dónde establecerse, pues no hay una razón para ello.

- Yo diría que cuando Ethan se para delante de Debbie para matarla, a quien está viendo es a Martha y eso hace que su odio se desvanezca y la abrace y la levante de esa manera.

- Ese plano al final de la película es magnífico, sublime, descomunal... Al igual que al principio, la oscuridad de puerta hacia adentro y todos entrando y la claridad (formando el contraluz) de fuera con la silueta de John Wayne alejándose. El ya no tiene nada que hacer aquí, lo ha perdido todo: La guerra, la familia y Martha, su Martha. Sin lugar a dudas, éste es el mejor plano del western...




CONCLUSIÓN

Bueno, pues podría seguir escribiendo páginas y páginas de esta Obra Maestra, pero creo que ya me he pasado siete pueblos con esta review (y os pido disculpas)
Sólo comentar que aparte de la impresionante dirección de Ford, hay otros elementos que contribuyen a la grandeza de éste film:

- La fotografía es magnífica. Estudiada al más mínimo detalle, mimada y cuidada. Una exquisitez, sin duda, tanto en planos medios y cortos cómo en las tomas de grandes extensiones de paisaje. Y vuelvo a repetirme:

El plano inicial y el plano final!!!! Qué maravilla!!!! Esto es el CINE con mayúsculas, el Séptimo Arte.....

- El guión es soberbio, pausado pero rítmico, sosegado y tenso cuando se requiere, continuado y sin altibajos.

- La música perfecta. No podía ser de otra manera siendo Steiner el artífice. Sólo con ver los títulos de crédito y ver el cambio de música entre el nombre de John Wayne (con una música tensa, violenta) y cuando después aparecen los nombres de Jeffrey Hunter y Vera Miles (una música suave, tranquila). Uffffff!

- Los actores todos magníficos cómo es habitual en Ford. Pero mención especial para Ward Bond y John Wayne: increibles los dos! cada uno en su parcela de la actuación.

- En fin, me repito una vez más: El mejor western que he visto en mi vida! y he visto muchos, muchísimos.....

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Por: Xavi J. Prunera. Nota: 9,5

“Verás, el mundo se divide en dos categorías…” decía El Rubio en “El bueno, el feo y el malo”. Pues bien, si me lo permitís voy a parafrasearle. Solo un poquito.

Veréis, los cinéfilos nos dividimos en dos categorías: los que amamos “Centauros del desierto” y los que no. Los que le podemos adjudicar un 8, un 9 o un 10 de nota y los que la castigan con un 5, un 6 o un 7. De los que la catean prefiero no hablar. Sería desagradable.

Yo soy, como habréis adivinado, de los que la veneran. No porque sea mi western preferido ni porque la considere perfecta, porque no lo es. La venero, sencillamente, porque jamás había visto a un cineasta sacarle tanto partido a un personaje. Un personaje, el de Ethan Edwards, que podrá gustar poco o nada, pero que sintetiza -en cualquier caso- la personalidad más compleja jamás observada en un icono del western. Y solo por eso vale la pena ver “Centauros del desierto” las veces que sea necesario.

Todo lo demás, a mi juicio, es secundario. Tanto lo bueno como lo malo. La rapidez de los caballos, la tonalidad del río, la puntería de los indios, las incongruencias geográficas o cronológicas… todo eso ni me molesta, ni me disgusta. Me parece poco relevante, vaya. Tan poco relevante como la fotografía, la extraordinaria selección de planos, el montaje o cualquier aspecto que tenga que ver con la narrativa clásica de Ford. Y digo que no me parece relevante porque en un maestro como Ford todo eso y más se da por hecho.

Lo que sí me parece extraordinariamente relevante, excelso y sublime es -como ya he dicho antes- la inconmensurable hondura psicológica con la que Ford modela a su protagonista. Un tipo solitario, hosco, desagradable, intolerante, obstinado, racista y cruel. Un tipo con el que resulta imposible empatizar pero por el cual uno no puede evitar sentirse fatalmente atraído. Porque por mucho que podamos llegar a deducir a través de sus propias reacciones o a través de las sutiles y metafóricas imágenes de Ford, Ethan Edwards es una persona que alberga un oscuro pasado. Un pasado que le impide adaptarse o integrarse a ningún tipo de ámbito social o familiar y que le obliga a vivir tan errante como los indios a los que odia y que no son más que el reflejo de la repugnancia que siente hacia sí mismo.

En fin, que cada cual es muy libre de extrapolar la inevitable animadversión que suscita Ethan Edwards a la peli en sí pero creo, sinceramente, que establecer este tipo de paralelismos constituye un tremendo error. Pero bueno, tampoco pretendo convencer a nadie. Ni tan solo pretendo buscarle justificaciones a la peli porque, francamente, no las necesita. Solo quería dejar bien claro que yo pertenezco a la categoría de los que aman esta peli. Y ese es un privilegio que nada ni nadie me podrá arrebatar. Amén.

(Reseña publicada por Xavi J. Prunera en FilmAffinity el 19-12-09)

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