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jueves, 16 de marzo de 2017

VALOR DE LEY

(True Grit - 1969)

Dirección: Henry Hathaway
Guion: Marguerite Roberts

Intérpretes:
- John Wayne (Rooster Cogburn)
- Kim Darby (Mattie Ross)
- Glen Campbel (La Boeuf)
- Robert Duvall (Ned Pepper)
- Jeremy Slate (Emmet Quincy)
- Dennis Hopper (Moon)
- Alfred Ryder (Goudy)
- Strother Martin (Coronel G. Stonehill)
- Jeff Corey (Tom Chaney)
- Ron Soble (Capitán Boots Finch)
- John Doucette (Sheriff)
- Hank Worden (R. Ryan).

Música: Elmer Bernstein
Productora: Paramount Pictures, Hal Wallis Productions
País: Estados Unidos

Por Seve Ferrón. Nota: 8

"No sirven las legalidades con una rata, hemanita. O se la mata, o se la deja en paz.¿Conoce otra solución?" (Rooster Cogburn a Matie Ross)

John Wayne en uno de sus mejores papeles, el del sheriff Rooster Cogburn, un viejo y tuerto comisario, contratado por una adolescente para capturar a los asesinos de su padre. Lo primero que llama la atención en "Valor de ley", es su tono, casi festivo y dicharachero tratando un tema tan peliagudo como el de la venganza. De esta forma "Valor de ley", en mitad de una época de continuos cambios y avisos sobre la muerte del western, le da vida al género, con este ápice de ternura y pureza y en esto tienen mucha culpa los personajes de Mattie y Rooster, que le dieron en su momento señales de buena salud al género.



Estamos pues ante un western con un enfoque tradicional de ritmo entretenido y eficaz, lleno de grandes espacios abiertos, de acción con una excelente fotografía de Lucien Ballard, de carácter otoñal hasta la última escena, con la presencia de la nieve y con una notable y deliciosa banda sonora a cargo del gran Elmer Bernstein, y que presenta a un John Wayne en una caracterización y con un vestuario que, más que disimular ponía en relieve sus años (y gordura) en el papel de un marshall federal.



Su personaje quizás tampoco sea uno de sus mejores papeles, (Ni falta que le hacía?, pero si era distinto por primera vez en mucho tiempo "Duke", tenía que interpretar un personaje y no encarnar su fabulosa personalidad. Henry Hathaway nunca volvió a hacer una película que superará este film, pero eso no importa.



Ya nos había legado un gran número de Buenos títulos, y aunque esta claro que no era un John Ford o Mann, ni Walsh o Boetticher, ni alcanza a mi parecer el listón de Delmer , no por ello deja de ser un realizador a quien la maquinaria clásica le enseñó a construir imágenes e historias. Aunque recreaba bien el periodo de 1880 en Arkansas, ya su largo prólogo es anómalo con un aire parodico, no desmitificado mientras se van presentando los personajes de la historia, muchos de ellos interpretados por actores de teatro del momento.



La heroína de la novela Mattie Ross, podía resultar interesante y pintoresca al leer la obra, pero trasladada a la pantalla, Mattie, interpretada por la amanerada y agresiva Kim Darby, daba una imagen excesivamente enérgica. Afortunadamente la segunda mitad de la película se introduce en el tema de la persecución y los maestros Henry Hathaway y John Wayne asumen el mando, relevando a Miss Darby a un lugar secundario aunque no lo suficiente.



Sin duda hay en la filmografía de John Wayne otros títulos donde su interpretación es superior a esta, como ya sabemos, caso de "Centauros del desierto" o "Río rojo", por poner unos ejemplos, pero es sin duda uno de los grandes westerns que merece la calificación de clásico. No querría terminar sin decir: Que hay un periodo en la vida de cada niño en que un vaquero al galope sobre su caballo es la imagen más excitante que se pueda imaginar...personalmente ha sido mi caso y es tal como lo recuerdo.



Por Jesús Cendón. Nota: 8

“¿Crees que uno contra cuatro es sensato?” “Si es sensato o no dentro de un minuto lo veremos” Conversación mantenida entre Ned Pepper y Rooster Cogburn segundos antes de su enfrentamiento.

John Wayne intentó a través de la Batjac, su productora, comprar los derechos de la novela de Charles Portis para llevarla al cine, pero se le adelantó el legendario productor Hal B. Wallis (“Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “Los cuatro hijos de Katie Elder”), quien contrató a un equipo de lujo para poner en pie su proyecto: el músico Elmer Bernstein con grandes éxitos en este género (“Cazador de forajidos”, “Más rápido que el viento”, “Los siete magníficos”, “Los comancheros”, “Los cuatro hijos de Katie Elder”); el operador Lucien Ballard, ese mismo año embarcado en “Grupo salvaje”, que fotografió maravillosamente los paisajes otoñales de Montrose (Colorado) en consonancia con la edad del protagonista del filme; y Henry Hathaway, uno de los pocos directores junto a Ford y Hawks a los que John Wayne respetaba y en cuyo trabajo no intentaba inmiscuirse. El maduro director, como igualmente había hecho en la mencionada “Los cuatro hijos de Katie Elder”, concibió el filme como un claro homenaje a la veterana estrella que culminaba con el último plano en el que se contempla la imagen fija del actor saltando unos troncos a caballo. Personaje e intérprete quedaban indisolublemente unidos y Wayne se convertía en un mito.


ARGUMENTO: Tras ser asesinado su padre por Tom Chaney, uno de sus empleados, Mattie Ross contrata a un agente federal, Rooster Cogburn, para que atrape al homicida. Junto con un ranger de Texas, La Boeuf, partirán hacia territorio indio en donde se ha refugiado Tom. Pero la situación se complicará al haberse unido a la banda de Ned Pepper, un forajido con el que Rooster tiene una cuenta pendiente.


Hathaway junto a Marguerite Roberts, guionista habitual de los últimos wésterns del director (“El póquer de la muerte” y “Cerco de fuego”, con la que presenta ciertas similitudes esta película) abordó el filme con su clasicismo habitual, aunque al mismo tiempo anunciaba con ciertos detalles los nuevos tiempos: uso del zoom en alguna escena o el incremento de la violencia con un tono, además, más descarnado (la escena de la cabaña protagonizada por Dennis Hopper es un buen ejemplo de una secuencia inusual en el cine del septuagenario director). Carga de violencia, por otra parte, aliviada a través de las distintas situaciones cómicas diseminadas a lo largo del filme.


El director, además,  trata en la película, que en su parte central adquiere la forma de una road movie clásica, dos temas principales: la venganza y la muerte.


Mattie anhela vengar la muerte de su padre, deseo que constituye el leit motiv del filme, pero la venganza se plantea de forma moralizante. Durante el viaje no sólo dejará atrás su inocencia sino que vivirá su propio infierno representado en un pozo con serpientes, estará a punto de morir y perderá a un ser querido. El precio de la venganza es, pues, muy alto.


Este carácter moralizante de la cinta se refleja en otros aspectos como la importancia dada a la familia en su función integradora del individuo en la sociedad; la imagen negativa del alcohol ya que, a pesar de dar lugar a situaciones cómicas protagonizadas por Rooster, será el causante del drama (de hecho Mattie en un momento dado refiriéndose a Tom les comenta a sus dos acompañantes que: “Bebe mucho, como ustedes. Así se convirtió en un asesino”); o la incesante presencia de la religión en el filme, sobre todo a través de las constantes referencias a las confesiones religiosas profesadas por los distintos personajes.



El otro tema fundamental es el de la muerte, cuya presencia es constante a lo largo de la película y está representada en ataúdes, tumbas, ejecuciones sumarísimas transformadas en espectáculos públicos, duelos y asesinatos. Además en una lectura más profunda parece que Hathaway, en un ejercicio de metalenguaje cinematográfico, está certificando el final del wéstern; o por lo menos, la despedida de una forma de entender este género y del actor que mejor había encarnado los valores del mismo. En este sentido hay que tener en cuenta que el estreno de “Valor de ley” coincidió prácticamente con el de “Grupo salvaje” (Sam Peckinpah); mientras que el de “Hasta que llegó su hora” (Sergio Leone) tuvo lugar un mes antes, y en ambos filmes sus respectivos directores, con el más absoluto respeto a este género cinematográfico, abordaban el wéstern desde una perspectiva totalmente diferente y con una clara visión desmitificadora.


Para tratar ambos temas, Hathaway estructura la película en torno al curioso triángulo establecido entre los personajes principales: el Marshall Cogburn, el ranger La Boeuf y la joven  Mattie; en el que los dos primeros llegarán a rivalizar para ganarse el afecto de la joven.

John Wayne realiza una memorable composición como Rooster por la que obtuvo el único Oscar de su carrera. Por fin la Academia de Hollywood reconocía el enorme talento de un actor habitualmente subestimado que, si bien carecía de la variedad de registros interpretativos de otras estrellas, contaba con una enorme presencia, una desbordante personalidad y una extraordinaria naturalidad con las que se adueñaba de cada plano de cada secuencia de las películas en las que intervenía.


Wayne por primera vez no tuvo que disimular su edad para interpretar al gordo, viejo, borrachín y tuerto Marshall. Un hombre violento, rudo, insociable, huraño y desubicado en un mundo cambiante al que por fin había llegado la civilización; sustituyéndose los duelos y los colts por los abogados, los jueces y la ley (de hecho a Mattie le llega a decir un personaje que utiliza al abogado Dagget como si fuera un revólver). Un mundo en el que la palabra dada se ha visto reemplazada por los contratos escritos. Es, en definitiva, un inadaptado acostumbrado a convivir con la muerte (ha acabado con veintitrés hombres en cuatro años) al que le cuesta dar cuenta  a la justicia de su forma de actuar. A pesar de ser un individuo que, a primera vista, provocaría el rechazo del espectador, Hathaway lo trata con cariño mostrando sus imperfecciones (en realidad es un pícaro con querencia por el alcohol que ese embarca en la aventura por el dinero prometido, además de intentar en todo momento obtener un beneficio económico cada vez que acaba con un enemigo) pero también sus virtudes, revelando el lado más humano del personaje en una estupenda escena nocturna en la que se sincera con Mattie. Además de reservarle una secuencia que forma parte, por méritos propios, de la antología del wéstern. Me estoy refiriendo al enfrentamiento final, cual justa medieval, con Ned Pepper y tres de sus esbirros en el que toma las riendas de su caballo con los dientes y empuña en una mano su colt y en otra su wínchester de palanca redondeada y se lanza contra sus oponentes. Pura épica.


Estamos frente a un héroe peculiar al que, no obstante y a pesar de su avanzada edad, el viaje le permitirá redimirse de tanta muerte al salvar la vida de Mattie; además de, en un gran y emotivo final, encontrar algo parecido a una familia en la joven.


Wayne, con Rooster Cogburn, consolidaría un tipo de personaje habitual en la parte final de su carrera, el de hombre solitario sin asidero emocional alguno. Así en “Río Lobo” (1970) le presentaron como un individuo carente de atractivo para las mujeres calificándole como un hombre confortable, en “Chisum” (1970) su único lazo familiar es una sobrina, en “El gran Jack” (1971) a pesar de querer a su mujer lleva viviendo alejado de ella durante años y en “La soga de la horca” (1973) interpretó a un viudo con graves problemas con sus hijos.


Además, por su forma especial de entender la justicia y la aplicación de la ley, el personaje de Rooster puede considerarse como un embrión de numerosos policías surgidos en la década siguiente y cuyo paradigma sería Harry Callahan quien en la primera entrega de la serie, “Harry, el sucio” (Don Siegel, 1971), también tenía que dar cuentas de sus métodos expeditivos al fiscal del distrito. De hecho el papel del antihéroe Harry se lo ofrecieron en primer lugar a John Wayne, quien encarnaría posteriormente a “McQ” (John Sturges, 1974) y “Brannigan” (Douglas Hickox, 1975) dos personajes claramente inspirados en el inmortalizado por Clint Eastwood.


Mattie, interpretada con gran acierto por una prácticamente debutante en el cine Kim Darby, es una joven de marcada personalidad y de una gran madurez para su edad. Impulsiva, obstinada y decidida, Rooster se reconocerá en ella cuando era más joven (en un momento dado le comenta a La Boeuf: “¡Vaya con la chica! Me recuerda a mí mismo”). Obsesionada con acabar con Tom, llega a afirmar que si la ley no lo ejecuta lo haría ella personalmente, el viaje la cambiará definitivamente convirtiéndola en una mujer. Personaje aparentemente duro, se desmorona en una gran escena intimista en la que a solas recoge el reloj de su padre y entre sollozos se acaricia con él la cara. Tras chocar inicialmente con Rooster, poco a poco se irá acercándose a él hasta convertir al arisco Marshall en una especie de sustituto de su padre. 


Sin duda la química entre Darby y Wayne contribuyó decisivamente al éxito de la cinta aunque su relación durante el rodaje de la película no fue buena.


El tercer vértice del triángulo lo constituye el ranger La Boeuf, el personaje menos interesante de los tres tanto por estar interpretado por Glen Campbell, cantante folk de escasa entidad, como por estar menos desarrollado. Tampoco es un personaje del todo positivo al embarcarse en la aventura por motivos personales, favorecer con la captura de Tom su acercamiento a una joven de buena posición en Texas. En todo caso, Hathaway aceptó la presencia del actor con el objeto de que el tema principal interpretado por él se convirtiera en un éxito que respaldara la película.


A los tres protagonistas les acompaña un más que competente elenco de secundarios, entre los que destacan Robert Duvall como Ned Pepper y Dennis Hopper, el mismo año que dirigió la rompedora “Easy Rider”, como el desdichado Moon.


En definitiva, “Valor de ley” es un gran filme, más complejo de lo que puede parecer a primera vista, que sirvió para revitalizar la carrera algo alicaída de John Wayne tras el fiasco de “Boinas verdes” y mostró, como señaló en su día un crítico estadounidense, que la vieja estrella todavía era capaz de “recrear ante nuestros ojos la dorada mitología del Oeste”.


Como curiosidades cabe señalar que:
- Mia Farrow aconsejada por Robert Mitchum, cuya relación con Hathaway no había sido buena durante el rodaje de “El póquer de la muerte”, rechazó el papel de Mattie. 
- De la película se han realizado dos remakes: un telefilme de 1978 protagonizado por Warren Oates y Lisa Pelikan, y el más conocido realizado para la pantalla grande en 2010 por los hermanos Coen con Jeff Bridges en el papel de Rooster.
- El productor barajó el nombre de Elvis Presley para dar vida a La Beouf.
- Seis años después Hal B. Wallis capitalizó el éxito de la película con la secuela dirigida por Stuart Millar “El rifle y la biblia”; filme que, con una estructura similar, emparejó a Wayne con Katherine Hepburn.




jueves, 13 de octubre de 2016

LA BALADA DE CABLE HOGUE


(The ballad of Cable Hogue) - 1970

Director: Sam Peckinpah
Guion: John Crawford y Edmund Penney

Intérpretes:
-Jason Robards: Cable Hogue
-Stella Stevens: Hildy
-David Warner: Joshua
-Strother Martin: Bowen
-Slim Pickens: Ben Fairchild
Música: Jerry Goldsmith
Productora: Warner Bros Pictures
País: Estados Unidos 

Por: Xavi J. PruneraNota: 8,5

Cable"Estás preciosa"
Hildy: "Ya me has visto antes"
Cable: "Hildy, a ti nadie te ha visto antes"
 

SINOPSIS: Cable Hogue (Jason Robards) es un explorador que es abordado en el desierto de Arizona por Bowen (Strother Martin) y Taggart (L.Q. Jones), dos malhechores que le roban la mula, el rifle y el agua.


Tras cuatro días vagando sin rumbo fijo, bajo un sol de justicia y a punto de morir, Cable descubre un manantial e inmediatamente decide montar un negocio de abastecimiento de agua para diligencias y jinetes ocasionales. En una visita a Lilock, el pueblo más cercano, conoce a Hildy (Stella Stevens), una joven prostituta de la que se enamora perdidamente.


Aunque soy muy consciente que —para muchos— “La balada de Cable Hogue” nunca será una peli lo suficientemente “grande” como para estar en un top-10 o incluso un top-20 de los mejores westerns de la historia del cine, he de confesar que —en mi ranking particular— sí que figura y de sobras. Y si figura allí (entre los 10 primeros para más señas) es porque, al margen de su innegable prestigio cinematográfico (Peckinpah siempre la consideró su mejor obra), “La balada de Cable Hogue” es —a mi juicio— uno de esos western que te llenan, que te emocionan, que te tocan la fibra cada vez que los ves. Algo que, por mucho que lo busques o lo desees, no acostumbra a suceder porque sí. Al menos, en mi caso. Máxime cuando —para más “inri”, además— no se trata de ningún western “dramático” sino más bien todo lo contrario: se trata, indiscutiblemente, de un western “tragicómico”. De un western que se sitúa en Arizona a principios del s. XX y que nos relata las peripecias de Cable Hogue, un hombre que no acaba de acomodarse a los nuevos tiempo y que, lejos de convertirse en un asceta o en un ser completamente antisocial, continua siendo un tipo simpático, afable, positivo. Y aunque, paradójicamente, no deje de ser un “loser”, un auténtico perdedor, su espíritu libre y romántico nos empuja —como espectadores— a empatizar con él. A ser cómplices de su lucha por prosperar en su negocio, a ser cómplices por ver consumada su entrañable historia de amor y a ser cómplices por ver satisfecha su sed de venganza contra quienes le traicionaron y le abandonaron a su suerte en medio del desierto.



Así pues, lo dicho: “La balada de Cable Hogue” me parece un auténtico peliculón, sobre todo, por la tremenda magnitud de su personaje. Un antihéroe que Jason Robards (menudo pedazo de actor, por cierto) interpreta a la perfección y cuyos autores (los guionistas Crawford y Penney) trazaron, sin lugar a dudas, con gran acierto. Como si el caprichoso destino quisiera darle una nueva oportunidad al moribundo Cheyenne, ese inolvidable personaje que el propio Robards bordara dos años antes bajo las órdenes de Leone en la magistral “Hasta que llegó su hora” ¿Hubiera sido todo igual, sin embargo, si la peli no la hubiera firmado Sam Peckinpah? Pues no, por supuesto. Básicamente porque si por algo se caracterizó el bueno de Sam fue por su personalidad. Por su sello. Por su peculiarísimo estilo.


Y aunque quizás ese tono de comedia negra y satírica que impregna “La balada de Cable Hogue” pueda parecer, a bote pronto, diametralmente opuesto a la ultraviolenta y elegíaca envergadura de “Grupo Salvaje” (rodada tan sólo unos meses antes) lo que no admite discusión es que ambas continúan evidenciando multitud de rasgos comunes. Y aquí quería llegar. A la labor de Bloody Sam. A su retórica cinematográfica. A su genuino e inconfundible espíritu crepuscular. A la ambigüedad moral de sus personajes. A su obsesión por la muerte. En una sola palabra: a su poética. Porque sí, para mi y para muchos otros Sam Peckinpah es un auténtico poeta. A veces excesivo, a veces tosco y a veces incomprendido pero siempre con temperamento y estilo. El suyo. Precisamente por eso me gusta tanto “La balada de Cable Hogue”. Porque al margen del papelón de Jason Robards, la peli que hoy nos ocupa es 100% peckinpahiana. Y aunque la gran mayoría de cinéfilos y espectadores siempre asociarán el nombre de Peckinpah a las más conocidas y violentas “Grupo Salvaje”, “Perros de paja” o “Quiero la cabeza de Alfredo García”, por ejemplo, yo creo que “La balada de Cable Hogue” (siendo, en cambio, mucho más tragicómica o agridulce que las anteriormente citadas) es tan peckinpahiana o más que sus hermanas “mayores”.


No quisiera, sin embargo, que me malinterpretarais. “La balada de Cable Hogue” es un western que me fascina, sí. Pero sé perfectamente que no es una peli redonda. Y no lo es porque tiene elementos que a día de hoy chirrían escandalosamente y que a muchos (no es mi caso) pueden hasta provocarles vergüenza ajena. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a los insistentes, descarados y reiterados zooms hacia los pechos de Stella Stevens o a las carreras en cámara rápida tan propias del cine mudo. Dos recursos que no voy a defender pero que, a decir verdad, tampoco me molestan en exceso. Prefiero, por lo tanto, quedarme con todo lo bueno que tiene esta peli y que aún no he comentado.


A su crítica hacia una sociedad beata e hipócrita, por ejemplo. Una sociedad que acaba echando a Hildy del pueblo en pos de preservar la moral y las buenas costumbres pero que, al mismo tiempo, cae ingenuamente en las garras de ese falso predicador que encarna magistralmente David Warner, un verdadero (de buen rollo, eso sí) depredador sexual.

Otro de los grandes aspectos en los que incide “La balada de Cable Hogue” es el del cambio tecnológico. Un cambio tecnológico representado por la inesperada aparición del automóvil y la motocicleta en un territorio donde hasta el momento solo se conocía como medio de transporte el caballo y el ferrocarril y que implica, a su vez, un profundo cambio social que dejará desconcertados y desubicados a muchos de los personajes de la peli. Sobre todo a Cable Hogue. Un hombre que pertenece, sin lugar a dudas, a un viejo far west que agoniza exactamente igual que él.

Pero si hay algo que me emociona y me estremece tremendamente de la peli de Peckinpah es, sin lugar a dudas, su enternecedora historia de amor. Una historia de amor auténtica y sincera que siempre asociaré a esas cariñosas sesiones de baño, espuma y masaje entre ambos amantes y, sobre todo, a ese breve diálogo que mantienen Cable y Hildy en uno de los grandes momentos de la peli y que os reproduzco a continuación:

Cable: “Estás preciosa”
Hildy: “Ya me has visto antes”
Cable: “Hildy, a ti nadie te ha visto antes”

Y es que al margen de que Cable es —muy probablemente— el primer hombre en mirar a Hildy con una mirada no libidinosa, lo cierto es que Hildy/Stella Stevens aparece en “La balada de Cable Hogue” como un auténtico bombón. No son pocas las escenas en las que podemos ser testigos de sus encantos y la verdad es que esta actriz estaba en 1970 de “toma pan y moja”. Y si alguien lo duda, ahí están los fotogramas que así lo confirman ¿me equivoco? ;-)



Y poco más. Como mucho, destacar la notable banda sonora de aires country del gran Jerry Goldsmith, los magníficos diálogos de Crawford y Penney (Joshua: “¡Cuidado! ¡Soy hombre de Dios!” - Cable: “¡Pues le faltó poco para reunirse con él!”), la extraordinaria y cálida fotografía de Lucien Ballard y escenas para el recuerdo a montones. Entre ellas, la inicial (tanto la del balazo al lagarto como cuando Cable habla con Dios en el desierto), la que os comentaba entre Cable y Hildy (esto es amor, amigos) y, obviamente, la del sermón fúnebre del final. Crepuscular, emotiva y agridulce como pocas.


domingo, 20 de diciembre de 2015

GRUPO SALVAJE

(The Wild Bunch) - 1969

Director: Sam Peckinpah
Guión: Walon Green y Sam Peckinpah

Intérpretes:
- William Holden: Pike Bishop
- Ernest Borgnine: Dutch Engstrom
- Robert Ryan: Deke Thornton
- Warren Oates: Lyle Gorch
- Ben Johnson: Tector Gorch
- Edmond O´brien: Freddie Sykes
- Jaime Sánchez: Ángel
- Emilio Fernández: Mapache
- Strother Martin: Coffer
- L.Q. Jones: T.C.

Música: Jerry Fielding
Productora: Warner Bros.
País: Estados Unidos

Por: Güido Maltese. Nota: 9

Dutch: “¡Maldita sea ese Deke Thornton!!!”
Pike: “¿Qué harías tú en su lugar?....¡ha dado su palabra!”
Dutch: “¡Le dio su palabra a un ferrocarril!!!”
Pike: “¡Es su palabra!!!”
Dutch: “¡Eso no importa!!!....¡Lo que importa es a quién se le da!!!”

Tengo el gran honor de encargarme de esta reseña que da nombre a nuestro blog.....gracias a mis compañeros Jesús, Valen y Xavi por no discutir en ningún momento sobre quién sería el responsable de la reseña “estrella” que da nombre a nuestro grupo de amantes del Western.


¿Qué es lo que me atrae a mí del western?: ¿Los tiros? ¿Los grandes espacios? ¿Las armas? ¿Las peleas?....nada de eso, debo ser muy romántico, porqué lo que a mí me llena de las películas del Oeste son la Amistad, la Lealtad, el Honor y el Orgullo que se describen en muchas de ellas. Y esta que nos ocupa tiene grandes dosis de todo ello, de ahí que sea uno de mis westerns preferidos. Si a esto le unimos que está dirigida magistralmente por el sin par Sam Peckinpah e interpretada notablemente por unos grandes actores del Hollywood clásico (Holden, Borgnine, Ryan, O`Brien...), del que soy gran amante también, pues me presenté voluntario sin dudarlo para  comentar este grandioso film e intentar darle la dimensión que se merece.


Ante todo, hay que dejar claro que estamos ante un western de los denominados “crepusculares”. De hecho, aunque existan antecedentes que veremos a continuación, lo considero el western que inauguró el término “Crepuscular” en el género.



En 1956, John Ford, en una de sus obras maestras, nos adelantó un esbozo del personaje “crepuscular” encarnado por Ethan Edwards en “Centauros del Desierto”. Ese hombre que no encuentra su sitio en los tiempos que corren, que no es capaz de cambiar y adaptarse a las nuevas formas de vida de los que le rodean, que permanece anclado en el pasado, dónde la ley del más fuerte y la violencia decidían la suerte y el destino de uno.


John Ford retoma el personaje en el 62, está vez representado en Tom Doniphon en la magistral “El hombre que mató a Liberty Valance” y el mismo Peckinpah, también en 1962, nos regala esa joya que es “Duelo en la Alta Sierra” en la que unos maduros Randolph Scott y Joel McCrea bordan unos personajes en el ocaso de sus vidas de rudos hombres de armas y violencia. También Sergio Leone, en 1968, le da un tono crepuscular a su colosal “Hasta que llegó su hora”, no hay más que recordar la conversación entre Harmónica (Bronson) y Frank (Fonda) al final de la cinta: “Hombres, una vieja raza...llegarán otros Morton y la harán desaparecer”.

Bien, una vez introducidos los antecedentes (seguramente hay más, pero creo que no hace falta profundizar más en el tema), llegamos a 1969 y a “Grupo Salvaje”, Pike Bishop y su banda llegan a una ciudad, haciéndose pasar por soldados, para asaltar el banco; lo que no saben es que los hombres contratados por el ferrocarril y capitaneados por Thornton (antiguo miembro de la banda y amigo de Pike) les esperan emboscados en los tejados. Un espectacular tiroteo, de una violencia inusitada, cruda y cruel, nos sirve de antesala para iniciar un viaje con Pike y los suyos hacia el ocaso.


Pero empecemos por desgranar los personajes de esta gran historia de amistades, lealtades y honor. Por un lado tenemos a la banda de Pike Bishop, hombre duro y curtido tras una vida de atracos y robos, que no duda un segundo en pegarle un tiro a uno de sus hombres herido con tal de no aminorar la marcha y seguir huyendo hacia México. Dutch, mano derecha de Pike y fiel escudero, siempre dispuesto a enfrentarse con cualquiera que se oponga a su amigo. Lyle y Tector Gorch, hermanos inseparables y algo cortos de entendederas, que necesitan de un jefe como Bishop que piense por ellos. Ángel, miembro de origen mexicano y el viejo Sykes, encargado de esperarles en la frontera con caballos de refresco. Peckinpah juega muy bien con los roles de los componentes de la banda. Vemos que el grupo está dividido en cuánto tocan el tema del reparto. De un lado Pike y Dutch y, de otro, Lyle y Tector, quedando Ángel y Sykes un poco a la expectativa, pero todos acaban riendo a carcajadas juntos, demostrando que son un grupo compacto, unido. A lo largo del film asistimos a varias de estas escenas que acaban en camaradería. Memorable la que todos se pasan la botella de whisky entre ellos saltándose el turno de Lyle y hasta su hermano Tector le gasta la broma.


Por otro lado está Thornton, que ha hecho un trato con el ferrocarril: atrapar a Pike para no volver a la cárcel de Yuma. Unos flashbacks nos descubren que Pike y él eran amigos y los maltratos que sufrió en prisión, por lo que prefiere cazar a su amigo que volver allí. Sus hombres son unos cazarecompensas andrajosos y sin moral que disfrutan disparando contra lo que sea, destacando entre ellos Coffer y T.C., máximos exponentes de lo peor de la naturaleza humana (aquí me gustaría comentar la similitud que veo con los personajes del Spaghetti Western: sucios, despiadados, amorales)

Peckinpah elabora y define perfectamente las diferencias entre perseguidos y perseguidores; los primeros con un código de honor y los segundos sin más código que la codicia por las recompensas, a excepción de Thornton, que se debate entre la traición que está cometiendo y el miedo a volver a prisión.


Una vez adentrados en México, y siempre perseguidos por Thornton y los suyos, la banda se topa con el corrupto general Mapache y sus tropas federales. Aunque Ángel, en un arrebato de locura y celos, mata a su novia que es la prostituta de Mapache, consiguen el encargo de robar un tren de armas en la frontera a cambio de 10.000$. Una vez cumplida la misión, Mapache retiene a Ángel y Pike intenta comprarlo a cambio de su parte del botín. Mapache se niega y, ante la gran cantidad de soldados, nada pueden hacer, así que deciden beber y buscar consuelo y descanso con las prostitutas del cuartel. Pero ninguno olvida lo sucedido y cuando Pike entra en la habitación de Lyle y Tector, le basta una palabra para que le sigan: “Vámonos”...cuando Dutch les ve salir a los tres, su sonrisa de satisfacción nos indica lo que va a suceder a continuación: una de las escenas más violentas y sangrientas del western! Mapache accede a entregarles al maltrecho Ángel, pero en el momento de soltarlo lo degüella sin compasión delante de sus cuatro compañeros y la reacción de estos ya forma parte de la historia del Western y del Cine.


Peckinpah borda su labor de dirección en la que, para mi gusto, es su mejor película, pero no hay que olvidar que sin la magnífica fotografía de Lucien Ballard y la gran labor del diseño de producción el resultado no habría sido tan espectacular.


Siendo un western crepuscular, la acción está mucho más presente de lo habitual en este tipo de producciones, que suelen ser más pausadas para realzar ese “ocaso del pistolero”. Aquí Peckinpah marca la diferencia con el resto, combinando perfectamente la acción y el lirismo del film y no cayendo en ningún momento en periodos de calma excesivamente largos.


Cada personaje está perfectamente definido, tanto individualmente cómo parte integrante de un grupo.




Las dos grandes escenas de tiroteo son una obra maestra, aunque el tiroteo final siempre quedará en la historia del Cine y será la seña de identidad del film. Las ralentizaciones de cámara, la sangre tras los impactos de bala, la coreografía de los actores y extras, la violencia sin concesiones, todo está perfectamente engranado para conseguir un resultado visualmente espectacular.



El guión, impecablemente desarrollado, sin altibajos, sin derivas ni desconexiones que nos hagan relajarnos del visionado. El ambiente crepuscular del film durante todo el metraje es más que evidente. Unos hombres ya maduros que pretenden dar su último golpe y retirarse a una vida más tranquila (ojo a la escena en que a Pike se le rompe el estribo y sube al caballo a duras penas mientras Tector cuestiona su liderazgo), Una época que ya no es la suya, pero los valores que les impulsan en la vida siguen totalmente vivos en ellos: Esa Amistad, Lealtad y Honor de las que hablaba al principio están presentes durante toda la película; prefieren mantenerse fieles a sus principios aunque sepan que eso les llevará a la muerte, una muerte que siempre supieron que llegaría, pero que sólo aceptan por la lealtad debida al compañero caído y el orgullo herido. La Amistad sin casi palabras, sólo bastan unos gestos para entenderse, una mirada. “Vámonos”, dice Pike, “¿Por qué no? contesta Lyle después de una breve mirada a Tector... y al salir, Dutch lo entiende perfectamente y su sonrisa nos muestra el alivio del que sabe que no podría vivir traicionando sus principios, su honor. La muerte de los protagonistas, defendiéndose unos a otros hasta el final; “Vamos Dutch, maldita sea!!”, “Pike, Pike...Pike, Pike”. El respeto de Thornton al llegar al lugar de la matanza y recoger el revólver de Pike, su código de honor enviando a sus hombres hacia la muerte. Todo el film nos narra el final de una época, el final del viejo oeste, el final de los pistoleros y, sobretodo, el final de la concepción de unos valores fuertemente arraigados en unos hombres que pertenecieron a otros tiempos, hombres duros y despiadados pero leales a sus principios hasta sus últimas consecuencias, hasta la muerte...


“¿Y nosotros, Pike? ¿Crees que hemos aprendido algo al equivocarnos hoy?”
“Espero que haya sido así”
Evidentemente, no lo fue!



Las interpretaciones son otro de los logros del film, Holden, Borgnine y Ryan magistrales, pero los secundarios no desentonan: Oates y Johnson están sublimes, O`Brien inmenso y Strother Martín bordando el papel de loco desequilibrado. Las localizaciones perfectas, con algunos parajes realmente bellos y apoyados por la espectacular fotografia de Ballard. La música de Fielding, sin llegar a ser una maravilla, acompaña perfectamente durante todo el metraje. Mención especial a los títulos de crédito, con esas paradas de la acción tornándose en fotos fijas en blanco y negro solarizado.



Por último, comentar un detalle que se repite durante todo el film: los niños.



Presentes desde la primera escena, echando un escorpión a las hormigas para después prenderles fuego, abrazados en medio del tiroteo, en Agua Verde, el niño que le lleva el telegrama a Mapache en medio de la batalla, el bebé de la prostituta, etc,,, Niños en casi todas las escenas.



No logro descifrar el mensaje, pero algo nos quiere decir Peckinpah.
“Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores de nosotros... tal vez más que nadie”, le dice el viejo en Agua Verde a Pike. ¡Os toca buscarle el significado!


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Por: Xavi J. Prunera. Nota: 9

Llevo más de quince años a la caza y captura de un western que pueda situarse al nivel de “Hasta que llegó su hora”, la mejor película del oeste de la historia del cine. Incomprensiblemente, hasta ayer noche no había tenido ocasión de visionar “Grupo salvaje”. Increíble, pero cierto. La tenía ahí, acurrucadita en un rincón, como hacemos con un buen vino o un buen whisky. Esperando la ocasión. Esperando ese momento especial para degustarla con placidez y fruición. Anoche descorché y desvirgué “Grupo salvaje”. Bueno, tal vez lo más correcto sería decir que “Grupo salvaje” me metió un par de ostias y me quitó la caraja de encima. Yo que creía que con los spaghettis de Leone ya había visto todo lo que quedaba por ver!!! Craso error. Peckinpah es mucho Peckinpah. Ahí queda eso.

Por fin me di cuenta a qué se refería la gente con esa manoseada expresión de “crepuscular”. Crepuscular es “Grupo salvaje”. Crepuscular es corroborar que a pesar de esa violencia gratuita que impregna la peli, que a pesar de esa amoralidad y anarquía que la caracteriza y que a pesar de ese profundo desencanto aliviado a base de putas, risotadas y lingotazos se esconde, subrepticiamente, un férreo código de honor. Un código fraguado a base de sangre, balazos y polvo. El polvo de México. Territorio de inadaptados. Territorio de hormigas y escorpiones.

(Reseña publicada por Xavi J. Prunera en FilmAffinity el 2-9-07)

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